En la urbanización del este caraqueño han sufrido al menos cuatro apagones más desde el corte eléctrico nacional registrado en marzo. Los vecinos se han visto obligados a diseñar sistemas para abastecerse de agua y ayudar a los que están atrapados en sus apartamentos sin luz

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El apagón que afectó a todos los venezolanos en el primer semestre de 2019 y que desde el gabinete de Nicolás Maduro aseguran que fue superado, sin contar los constantes cortes y bajones en el interior del país, realmente encontró un nicho más localizado: se fue a vivir a los 18 edificios que componen la Primera Etapa de Palo Verde, al este de Caracas.

En esta comunidad, más de 700 familias esperaron pacientemente una nueva reparación al transformador que falló desde que se reportó el corte eléctrico del 7 de marzo y que los hizo estar al menos tres semanas más sin luz luego de que el sistema fue restablecido en todo el país. Esa es la misma causa de que casi nueve meses después estuvieron sin luz 18 días, desde la segunda semana de septiembre, en más de 15 conjuntos residenciales de esta zona.

Y no es la primera vez. Esta comunidad, conformada en su mayoría por adultos mayores, ha salido a trancar la avenida principal de Palo Verde por lo menos cinco veces en lo que va de año por la falta de energía eléctrica que los obliga a ser protagonistas de las hazañas de fuerza, paciencia y solidaridad más grandes.


Los vecinos se quejan de la falta de respuesta, por la indolencia de los funcionarios, por los abusos de quienes pretenden lucrarse con la necesidad ajena


Pero, pese a la tragedia, nadie los escucha. Nadie los escucha. Los vecinos se quejan de la falta de respuesta, por la indolencia de los funcionarios, por los abusos de quienes pretenden lucrarse con la necesidad ajena, por la burla de las autoridades que prometen soluciones que no cumplen y por el abandono de sus hábitos, esos que les aportaban bienestar y que ahora simplemente son un lujo al que no tienen acceso.

Muchos optaron por sacar a sus adultos mayores de estos conjuntos residenciales, otros llevan agua de sus trabajos a sus casas o piden asilo con algún amigo lejos de Palo Verde. Algunos gastan sus sueldos en frascos de agua filtrada y otros tantos simplemente se resignaron al encierro en sus casas, pues la falla afectó una fase, justo la que hace que los ascensores y las bombas de agua funcionen, e incluso dejó sin los la mayoría de los apartamentos.

Entre los estacionamientos, los descansos de cada piso e incluso dentro de las casas de cada una de las familias que se quedaron atrapadas en la crisis eléctrica hay historias tan variadas como formas de afrontar la realidad.

Los vecinos se ven obligados a cargar agua con tobos desde los tanques subterráneos
| Ronald Peña

A Carlos Rodríguez no lo frena el cansancio

Carlos Rodríguez trabaja desde las 7:30 am hasta las 5:00 pm. Es empleado del circuito judicial y llega a casa deseando no ver una injusticia más. Pero, apenas abre el portón de las residencias Teresita, en donde ha vivido la mitad de su vida, se topa con sus vecinos esperando la jornada de recolección de agua del día y recuerda aquello de que “la justicia no siempre es ciega”, pues aún no llega a estos exhaustos ciudadanos que deben cargar tobos de agua todos los días, sin importar lo mucho que han clamado por una solución.

Resignado, Carlos se cambia la ropa y baja de nuevo las escaleras para meterse de cabeza en el tanque subterráneo del conjunto y comenzar a sacar, a fuerza, tobos de agua que servirán para recargar tantas pimpinas como cada propietario sea capaz de subir hasta su apartamento.

El tanque queda en un cuartito en el estacionamiento de Residencias Teresita, al entrar se deben saltar las tres bombas conectadas al almacenamiento, abrir una tapa de cemento y sentarse en el borde del agujero desde donde Carlos sube y baja innumerable cantidad de veces para sacar agua. Todo lo hace mientras varios vecinos se turnan para sostener la lamparita con la que iluminan el oscuro hueco desde el que sacan el agua.


Carlos se mete de cabeza en el tanque subterráneo y comenzar a sacar, a fuerza, tobos de agua que servirán para recargar tantas pimpinas como cada propietario sea capaz de subir hasta su apartamento


Mojado de pies a cabeza, Carlos repite una, dos, diez y hasta cien veces la misma operación para sacar agua del tanque. En dos horas logra llenar al menos un tobito de cada hogar de las residencias y lo único que lo hace cerrar la jornada es la oscuridad.

Al terminar le toca subir a su casa los tobos de su familia y, aunque vive en un piso bajo, el cansancio le pasa factura y solo le hace recordar que no tiene ni idea de cuando su vida volverá a la normalidad.

La falla de un transformador fue la razón de la avería que ya se ha presentado al menos cinco veces desde el mes de marzo | Ronald Peña

El señor Antonio descansa y sigue

El señor Antonio Díaz tiene 73 años y carga con ellos cuando tiene que subir y bajar los 17 pisos del edificio Caracas. Cada piso usa el descanso de las escaleras para tomar aliento, recostase un poco e impulsarse para superar las 17 escaleras que separan una planta de la otra.

Como casi todos los vecinos de la Primera Etapa de Palo Verde, Antonio es un abuelo dejado atrás por los más jóvenes de casa que ya se fueron del país y depende de los cuidados y el apoyo de una hija, también entrada en años, a la que le toca el trabajo pesado del que el señor no quiere zafarse.

Eddy, su hija, cuenta que ni siquiera la falta de ascensor y la oscuridad de los pasillos hace que su padre desista de la idea de subir y bajar desde el piso 17. Su motivación es poder ir a visitar a su esposa que está en cama y vive en un conjunto cercano.

En más de 15 edificios de la primera etapa de Palo Verde estuvieron 18 días sin luz, desde la primera semana de septiembre | Ronald Peña

Son 290 escalones. El señor Antonio los multiplica por 4 para bajar y subir no solo cundo hay que hacer la cola para llenar los envases de su casa con la única manguera que dispusieron en el edificio, sino para ir a ver a su señora. En el jadeo que muestra desde apenas el segundo piso se nota el esfuerzo que hace para poder llegar de nuevo a su casa.

Hace poco tuvo líquido en sus pulmones, estuvo hospitalizado y sigue en estado delicado, pero la crisis venezolana y el apagón que no se va de su casa no le dan tregua. Por eso el señor Antonio respira, lanza una sonrisa de resignación y comienza a subir los escalones sabiendo que esa seguro no será la última vez.

Barbara sonríe cuando ayuda

Barbara Rivas hace guardia en el piso 7 del edificio Caroní. Su deber es ayudar a todos los vecinos que se acerquen al pasillo para llenar sus tobos y mantenerse alerta sobre el funcionamiento de las bombas dispuestas cada cuatro pisos con la que logran llevar el líquido a las plantas más altas.

Los vecinos aseguran que la solidaridad de esos días los salvó de una tragedia | Ronald Peña

A medida que sube las escaleras, la muchacha va saludando a todos los vecinos. Algunos hacen alusión a lo cansados que están de tanto subir escaleras, otros la saludan con resignación mientras esperan a sus hijos en el descanso de las escaleras. Todos responden un “imagínate” lleno de sarcasmo cuando Barbara les pregunta cómo están.

Ella ayuda a cargar tobos, previene a los vecinos sobre esquivar los cables de las extensiones conectadas a los enchufes comunes de los pasillos entre apartamentos, únicos desde donde es posible mantener encendidas las neveras y tener algo de corriente en las casas. Vigila que la manguera que cuelga desde la parte externa del edificio no se enrede mientras los hombres del Caroní terminan de acondicionar las bombas para subir el agua.

Bárbara cuenta que este mecanismo lo inventaron el día 12 de este nuevo apagón, ya cansados de subir y bajar tobos por las escaleras. Sin luz, los problemas se multiplican para esta comunidad, por eso la sonrisa de Bárbara, sentada en su silla de plástico, es un bálsamo para los que pisan la séptima planta tantas veces como les sea necesario para salir y volver a sus casas.

En el edificio Caroní todos los vecinos trabajan juntos. Unos reparan las bombas, otros suben y enlazan las mangueras, los demás ayudan a enfilar los tobos que serán llenados y otros verifican el estado del tanque. Los mayores, que ya no son tan ágiles con sus manos, igual salen a las puertas y acompañan las labores del resto.

Barbara está convencida de que es la solidaridad de la comunidad la que los ha salvado de no volverse locos con tantos apagones. Ella ya ni siquiera tiene esperanzas de que la luz vuelva, pero se adapta, junto a sus vecinos, como puede a la realidad que le toco en este duro 2019.

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