El ánimo también se apaga cuando los hogares quedan en penumbra

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Dos educadoras cuentan cómo sus vidas les ha cambiado a partir de los apagones y racionamientos eléctricos a cualquier hora, sin previo aviso. La situación les ha afectado su salud mental y física

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Redacción: Rosanna Battistelli y Johana Prieto

Fueron días oscuros, tan oscuros como la penumbra que invadía, sin permiso, su hogar. Su ánimo se ensombreció de repente y la desesperación tocó a su puerta para quedarse. Y así, poco a poco, la rutina cambió para Isolina Contreras, una maestra de 49 años de edad a quien los apagones eléctricos le causaron un impacto psicológico que la hizo retroceder en su cuadro clínico.

La pesadilla aún no termina, y cuando el ministro de Energía Eléctrica, Igor Gavidia, anunció que el plan de racionamiento podría abarcar hasta un año, Contreras sintió que no aguantaría vivir ese tiempo en medio de tanta necesidad.

“En un momento me llené de pesimismo, pensé que la solución era irme del país. No soportaba estar encerrada en cuatro paredes sombrías, totalmente incomunicada; sin embargo, debo esperar porque en este momento no tengo recursos para dejar mi país”, narró la docente.

Isolina Contreras reside en el urbanismo Vista Linda de Charallave, en los Valles del Tuy. El 27 de marzo, cuando toda Venezuela se quedó sin energía eléctrica, estaba en casa. Aunque se preocupó, pensó que el servicio se restituiría con el pasar de las horas, como había ocurrido dos días antes.

Sin embargo, la realidad fue otra y la luz no volvió sino casi dos días después. Las horas siguientes fueron apagones tras apagones. En un día se contabilizaron hasta tres interrupciones, que sumaron 12 horas. Esta situación obligó a la educadora a guardar la carne que tenía en su nevera, en el refrigerador de una amiga.


En un momento me llené de pesimismo, pensé que la solución era irme del país. No soportaba estar encerrada en cuatro paredes sombrías, totalmente incomunicada; sin embargo, debo esperar porque en este momento no tengo recursos para dejar mi país

Isolina Contreras, una maestra

Tobos y abanicos

Actualmente, en la casa de Contreras suspenden el servicio entre cuatro y cinco horas diarias, a partir de las 7:00 de la noche, como parte del plan de racionamiento anunciado por el Gobierno, cuyos horarios y tiempo de duración no se cumplen en la práctica.

“Esta situación es desesperante, sobre todo porque tampoco hay agua, entonces sientes que la vida te cambia de un día para otro y debes lidiar con situaciones a las que no estabas acostumbrada. Te cambia el estado de ánimo y vives nostálgica en medio de un silencio nocturno que ni los grillos logran quebrantar”.

Contreras comenzó a bañarse con tobos de agua previamente almacenada; hizo un mechero casero para iluminar su casa, compró repelentes para espantar los zancudos y desempolvó un abanico para airearse en la noche. No obstante, hay cosas para lo que no tiene una solución a la mano.

“Mi cocina es eléctrica y eso me complica la alimentación. Pasé tres días mal porque cuando llegaba del trabajo, no había electricidad y no tenía cómo calentar la comida que había preparado en la mañana. Eso me frustró, porque no me gusta comer frío y aunque tenía hambre, la comida no me provocaba. Esto que estamos viviendo es como un reto de supervivencia».

Alimentarse en la calle no es una opción para Contreras y mucho menos adquirir una cocina a gas, pues su limitado presupuesto se lo impide. “Aquí no queda otra que resistir hasta que el cuerpo aguante. Nos ha tocado duro, son muchas las dificultades que hemos atravesado, pero los venezolanos somos guerreros y no podemos flaquear, aunque confieso que a mí, a veces se me quiebran las piernas y vivo en una penumbra permanente. Mi casa ahora es otra, pasó de la claridad a la oscuridad, al igual que mi vida”.

Isolina Contreras sufre de depresión. Para dormir toma medicamentos, de lo contrario, pasa la noche en vigilia. La partida de un hijo a Ecuador, hace dos años, en medio de la diáspora venezolana, se suma a su lista de tristezas. Desde entonces, su estado anímico es tan intermitente como el servicio eléctrico en Venezuela.

Sevilla hace la comida en leña porque no tiene luz y su cocina es eléctrica | Johana Prieto Andrade

María busca leña

Con un trapo que cubre su boca y nariz, María Eugenia Sevilla comienza a contar cómo los apagones y la falta de gas doméstico han afectado su salud y su economía.

María, quien reside en la segunda etapa del sector Jobito del municipio San Felipe del estado Yaracuy, sufre de asma crónica. A pesar de su condición de salud, se ve en la necesidad de cocinar con leña porque en la comunidad donde vive los líderes vecinales no la toman en cuenta a la hora de vender gas doméstico.

Por esta razón, hace unos meses tuvo que comprar una cocina eléctrica para poder preparar sus alimentos, pero no contaba con que se quedaría sin luz.

«La inestabilidad del servicio eléctrico junto con los cortes programados de luz me tienen agobiada porque me ha obligado a cocinar con leña o con carbón», dice la mujer de piel morena y de contextura delgada.

Cuando le viene una crisis asmática se acuesta sin comer.

«El humo que emana de la leña o del carbón me asfixia y, muchas veces, los vecinos han tenido que llamar a la ambulancia para que me trasladen al centro asistencial para calmar mi ahogo», agrega Sevilla.

Cuando ha habido electricidad en su vecindario, María está en su trabajo. No ha tenido “la suerte” de tener luz y, por ende, de hacer su comida “sin humo”.


La inestabilidad del servicio eléctrico junto con los cortes programados de luz me tienen agobiada porque me ha obligado a cocinar con leña o con carbón

María Eugenia Sevilla, maestra

Oscuridad e inseguridad

La economía de María Eugenia Sevilla está en picada. Cuando no consigue leña tiene que comprar carbón, en promedio 10 veces más caro que los palos secos de árboles.

Con voz entrecortada, relata que en reiteradas oportunidades ha sido víctima de robo en su propio hogar. El fogón lo hace en el patio de su casa, que no cuenta con cerca perimetral, lo que ha facilitado la entrada a ladrones que se han aprovechado para llevarse todo lo que ha cocinado.

«No me quedo en el patio pendiente de la comida por miedo a ser emboscada por delincuentes. Ya me pasó cuando se metieron con armas y cargaron con todo lo que podían. Desde ese día casi no salgo al patio», cuenta entre sollozos.

María, quien es docente en el área de Lengua y Literatura, sufre de ansiedad; su salud está deteriorada y cada día come menos. Su deseo es que más temprano que tarde, en todos los hogares de Venezuela funcionen los servicios básicos para poder tener calidad de vida.

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