Adiós a Maradona | El día en que el fútbol murió

Euforia, pasión y lágrimas desbordadas en Argentina por el fallecimiento de Maradona. “El fútbol ha muerto”, repetían los hinchas en un país donde la pasión por el fútbol corre por las venas

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Foto cortesía: Abel López Abreu

Por: Abel López

Buenos Aires.- “¿Qué?”, gritó incrédula una vecina en el edificio. La reacción fue una de miles en respuesta a una noticia temida e inesperada, que rápidamente se esparció en Buenos Aires, toda Argentina y el resto del mundo. Diego Armando Maradona, el Diez, había fallecido pasado el mediodía del miércoles 25 de noviembre, sellando su paso a la inmortalidad con su último aliento.

Las dudas fueron dispersadas por los noticiarios. No era un fake news. Se confirmaba el deceso en los estudios de televisión, desde los cuales se oían sollozos en medio de las narraciones e imágenes de un Diego joven jugando con la pelota.

Foto cortesía: Abel López Abreu

Los hinchas pronto comenzaron a llegar a sedes como el estadio del Club de Gimnasia y Esgrima de La Plata, donde Diego dirigía al equipo; a La Bombonera, casa del Boca Juniors; la vivienda de la infancia en Villa Fiorito, en la provincia de Buenos Aires; y más tarde acudieron al Obelisco, en la capital argentina.

“El fútbol ha muerto”, repetían los hinchas en diferentes lugares. En un país donde la pasión por el fútbol corre por las venas, Diego era un dios: un fenómeno difícil de entender para extranjeros, pero un sentir de miles de argentinos quienes lloraban desconsoladamente.

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En el Obelisco de la Ciudad de Buenos Aires, el ambiente erizaba la piel; incluso, antes de avistarlo, bastaba con el sonido que se colaba por los alrededores. La tristeza por el luto dio paso a lo que fue un festejo en gratitud hacia Diego, en una tarde primaveral. Los hinchas ondeaban banderas de Argentina y de distintos clubes, movían enérgicamente los brazos alzados, adelante y atrás para alentar; y cantaban a pleno pulmón: “Diego, querido, el pueblo está contigo”, “el Diego está presente” y “…Maradona es más grande que Pelé”, entre otros coros.

Foto cortesía: Abel López Abreu

60 años. Un paro cardiorespiratorio. Tres días de duelo nacional en Argentina. Diego murió en una residencia en el barrio San Andrés en Tigre, ciudad ubicada en la Provincia de Buenos Aires, al norte de la capital argentina. Aunque parecía invencible, por burlar a la muerte en otras ocasiones, no lo era. El dios argentino no pudo zafar una vez más.

Ese miércoles no se comentó en televisión sobre su adicción a la cocaína, las pruebas de dopaje, su relación con el alcohol o la estrecha amistad que mantuvo con Fidel Castro, considerado un dictador; con el fallecido presidente Hugo Chávez o Nicolás Maduro, cuya legitimidad en el poder está cuestionada por la Asamblea Nacional. Se dejó de lado su inclinación hacia la izquierda. En cambio, se abordó el lado humano de un hombre que se elevó en las canchas.

“Nunca quise ser un ejemplo”: una de las frases más contundentes de Maradona.

Para sus seguidores no importan los defectos o errores que haya podido cometer, ante sus ojos es un ídolo que llenó de gloria a Argentina en 1986, cuando jugó un papel fundamental para ganar el Mundial celebrado en México y se llevó el título de dios.

Los hinchas recuerdan el gol de “La mano de Dios”, clave en la victoria de Cuartos de Final contra Inglaterra (2-1), un domingo 22 de junio de 1986, en el estadio Azteca de Ciudad de México; a cuatro años de la Guerra de las Malvinas.

“Gracias D1ego”, se leía en las pantallas ubicadas en avenidas y el Subte (Metro) de la ciudad de Buenos Aires. La euforia se multiplicó desde esa primera noche sin Diego, en la que no existió el distanciamiento social y los tapabocas fueron pocos entre la multitud en medio de una pandemia por coronavirus que ha causado más de 37 mil muertes solo en Argentina; y después de meses de un confinamiento que agravó la crisis económica nacional.

Foto cortesía: Abel López Abreu

Los alrededores del Obelisco no tardaron en llenarse de vendedores ambulantes, quienes ofrecían cervezas y refrescos; tampoco faltó el tradicional puesto de choripanes y sandwiches, instalado en todas las concentraciones y protestas. Los olores inundaban el lugar. En un punto también se percibía el humo de cannabis. La euforia no cesó. Al mismo ritmo que se marchaban las personas, llegaban más y un balón volaba de un punto a otro de la avenida 9 de Julio.

Foto cortesía: Abel López Abreu

Argentina vio momentos históricos. Los hinchas se unieron en la despedida sin importar el equipo al que pertenecen. Durante 24 horas no hubo rivalidad entre el Boca Juniors y el River Plate; o el Independiente y Racing.

La noche no terminó, se trasladó desde la avenida 9 de Julio hacia la Plaza de Mayo y sus alrededores, con la Casa Rosada enfrente, donde desde horas antes habían comenzado a congregarse las personas: sería la sede para despedir a Maradona.

En la mañana del jueves 26 de noviembre, el esfuerzo por organizar la procesión a la sede de gobierno dio paso a empujones y desmanes, que fueron superados, y se logró iniciar una fila de largas cuadras.

Sin embargo, en la tarde la escena cambió drásticamente. Pasadas las 3:00 pm, cuando se frenó el ingreso a la Casa Rosada para la visita por separado de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner -el presidente Alberto Fernández había estado antes- el desorden se impuso.

Durante más de tres horas hubo disturbios: los hinchas se enfrentaron a efectivos policiales, quienes, a su vez, reprimieron con perdigones y gases lacrimógenos. Frente a la sede presidencial las personas se agolparon drásticamente hasta reanudar el paso, colapsando la logística y provocando el cierre de las puertas. El descontrol en el Salón de los Patriotas Latinoamericanos, donde se encontraba el cuerpo, motivó a la suspensión momentánea del velatorio.

Quienes habían ingresado a la Casa Rosada intentaban salir por cualquier lugar debido al uso de gas pimienta en las instalaciones. Afuera, los hinchas se subieron a las rejas y mantenían su posición en los alrededores. Con el paso de las horas se recuperó una calma relativa en la sede, mientras las autoridades definían la logística para llevar el cuerpo de Diego.

En el trayecto al cementerio Jardín Bella Vista, alejado de la capital y ubicado en la provincia de Buenos Aires, las muestras de gratitud y euforia no cesaron. Cientos de argentinos subieron a la autopista o avenidas que transitaron para despedir, alentar y decir un último adiós. Poco antes del anochecer se realizó el entierro, con un grupo reducido de familiares y amigos cercanos.

El cuerpo de Diego fue colocado cerca del de su padre Diego Maradona y su madre Dalma Salvadora Franco, conocidos como “Don Diego” y “Doña Tota”, dando fin a un largo día en el que “el fútbol murió”.

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