El coronavirus y el aislamiento es visto desde varias ópticas. Pero en el extranjero, como migrante, la incertidumbre y la ansiedad se multiplican por dos, pues además de cuidarte y resguardarte con los tuyos debes estar atento por quienes dejaste en tu país

Por Adriana Pérez Gilson

A las 10:00 pm suena la sirena. Su particular sonido comenzó el 19 de marzo cuando el presidente Sebastián Piñera decretó el estado de catástrofe y el cuestionado toque de queda que inicia a esa hora y termina a las 5:00 am. Las primeras noches la alarma se confundía con el ambiente de las calles de Santiago de Chile, al menos en esta comuna. Conforme los casos han aumentado, y con ellos la sensación de temor, las calles se han ido vaciando y la estridencia de la sirena sobresale.

El coronavirus tomó por sorpresa al mundo. Al principio se creía que sería un mal del otro lado del océano. Los chistes rodaron. “El coronavirus parece la gira de una banda de rock, nunca viene a Suramérica”. Pero llegó.

Y con él los mensajes: “Suspendo mis clases hasta nuevo aviso”. “No asistiré hoy por previsión”. “En mi casa tomaremos cuarentena”. “No puedo asistir porque vivo con adultos mayores y no me quiero exponer”. En menos de 72 horas, todos los planes del semestre se vinieron abajo y desde entonces todo ha sido improvisar.


LO QUE MÁS PEGA ES ESO QUE ESTAMOS LEJOS DE CASA, LEJOS DE LOS NUESTROS


Una calma solitaria

“Yo me lo estoy tomando sin alarma, pero con precaución porque tengo al bebé”, me escribe Milary, una amiga periodista y profesora que vive en Concepción, a seis horas de la atestada Santiago. Y así estamos los conocidos, los compatriotas. Gladyscar tiene dos niñas y su mamá de la tercera edad; Laydeli un bebé de meses; Jessicka una niña de año y medio; Yinnarlis, un varón de ocho. También están los míos y recuerdo a las niñas de Lennox.

Nos guardamos en cuarentena porque están los niños, pero también porque estamos solos. “Lo que más pega es eso, que estamos lejos de casa, lejos de los nuestros”, le escribo a Yin y solo contesta: “Es así, es lo que más pega”. Vives con un temor multiplicado, por tu vida aquí y por tus retazos de vida allá, en Venezuela, donde aún están nuestras madres, sobrinos, y en algunos casos, hasta los hijos.

Si nos enfermamos no hay plan de contingencia. No están los abuelos, ni los tíos, ni los vecinos que son como familia. Para algunos ni siquiera hay visa. Una enfermedad significaría pagar todo a precio sin seguro, precios que pueden significar hasta la mitad de tu incierto salario.

Improvisación e incertidumbre

“Hola, escribo para informar que no podré seguir con la formación en oratoria. Los motivos son económicos, las posibilidades de que renueven mi contrato ahora son menores, tengo que prever”, escribe Juan, un venezolano que trabaja en compañía de seguros. Agrega que siente haber tomado la decisión, pero que no tiene otra salida. Un plan que se cae para ambas partes.

La incertidumbre adquiere matices y cargas diferentes para cada quien. Para algunos, los venezolanos ya sobrevivimos al chavismo, al dengue, al chinkungunya, al zika y al madurismo. No será el coronavirus el fin del mundo, es una raya más para el tigre.

Para otros es como un karma, una historia que se repite, un callejón sin salida. La aparente estabilidad lograda después de años se desvanece. “El único proyecto que sobrevive es en el que estoy, así que la presión es mayor”, me comenta Luis, otro venezolano, ingeniero en informática que trabaja para Latam Airlines, la empresa que proyecta como máximo unos cuatro meses de supervivencia si la cosa sigue así.


LA APARENTE ESTABILIDAD LOGRADA DESPUÉS DE AÑOS SE DESVANECE


El llamado contrato laboral, la única garantía de una posible estabilidad económica y requisito indispensable para quienes están en trámite para obtener la residencia definitiva en Chile, está en juego como en el caso de Juan. Algunos pequeños negocios ya tomaron medidas como la reducción de salario a la mitad para mantener un mínimo de funcionamiento, pero hay otros negocios, como el Jessika, que se dedica a diseño e impresiones, cuya producción ha sido nula durante las últimas dos semanas y por tanto no hay sueldo para este mes.

Lo que pareció un respiro durante los primeros meses de este año después del estallido social de octubre 2019, donde las pérdidas para las pequeñas y medianas empresas sobrepasó hasta el 50% según los medios locales, se han esfumado para dejar a gran parte de la población en vilo.

Todo en suspenso

Todo ha sido muy rápido. De “esto está pasando muy lejos” de los memes y los chistes y sin más, llegaron los casos, de 2 a 100 en 72 horas. Las clases se suspendieron. Sin red de apoyo familiar, eso significa un caos. No quise salir ese lunes a trabajar, no tenía con quien dejar a los niños y lo que habitualmente hacía, que era llevármelos hasta la oficina, que me toma una hora en metro con dos combinaciones incluidas, me pareció arriesgado. El martes sí fui a la oficina y ya en el edificio de WeWork en el que trabajamos estaba desolado, en el piso 13 solo estábamos nosotros y los otros chicos que trabajan con enviar cargamentos. El miércoles fue el último día en la oficina. Todos a casa y ahí veremos cómo proceder.


LAS HERIDAS DE OCTUBRE ESTÁN AÚN ABIERTAS Y SANGRANTES, PERO EL VIRUS LAS MANTIENE EN CUARENTENA


Junto con las clases se suspendieron también las jornadas laborales en múltiples oficinas incluso en las de migración. Todos los trámites se han paralizado mientras dure la contingencia. Se anunció el toque de queda nocturno, porque al parecer el virus solo actúa de noche, según se lee con sarcasmo en las redes sociales de los nativos chilenos que ven en su gobierno actual cinismo y desinterés por los menos favorecidos. Las heridas de octubre están aún abiertas y sangrantes, pero el virus las mantiene en cuarentena. Sin embargo, el palpable resentimiento social se cierne con nueva mutación para cuando todo pase.

El 3 de marzo se anunció el primer caso en Chile. La tasa ha ido en aumento y 38 días después, al momento de escribir esta nota, se contabilizan 4.815 casos y 37 fallecidos. La tasa de contagio y expansión del virus es similar a la de España de acuerdo con los medios de acá. La cuarentena se volvió obligatoria en 7 comunas –el equivalente a municipios– de las 52 que conforman la Región Metropolitana. En las 7 comunas “cuicas”, que es el chilenismo equivalente para decir sifrinos, pudientes. Más leña al fuego de la crisis social.

Mientras, en casa establecimos un protocolo. Solo uno de los tres adultos sale si es necesario. Al regresar debe dejar los zapatos en la puerta, no saludar a nadie y entrar directo al baño para asearse. Todavía hay demasiadas personas en las calles, en el metro, en los mercados de hortalizas y la tasa de nuevos diagnósticos supera los 150 casos diarios.

La sirena sonó hace un rato. Mi mamá me envía un salmo por WhatsApp. Me recuerda que ore, que esto también pasará. Hay noches que lo olvido. Se mezcla la frustración con la incertidumbre. Se confunde la ansiedad con hambre, te cuestionas haber atravesado el continente para sentirte así de vulnerable. Luego haces, como dijo Alessandro Baricco, este ejercicio de empatía colectiva, de que todos somos vulnerables y de que esto definitivamente nos lanzará al futuro.O al menos con eso me tranquilizo.

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