Douglas Amabilis Pérez Salpurido, quien pedaleó desde Perú a Venezuela para reencontrase con su madre, le abrió las puertas de su casa a El Pitazo en la población de Chirgua, en Bejuma, estado Carabobo. Paradójicamente los peores momentos de su viaje, durante el cual conoció a la legendaria Sayona, los vivió en su tierra

Un hombre amable, sociable y conversador. Así es Douglas Amabilis Pérez Salpurido, el migrante que viajó en bicicleta desde Perú hasta Venezuela para reencontrarse con sus afectos y con su país natal.

Pérez Salpurido le abrió las puertas de su casa a El Pitazo en la población de Chirgua, municipio Bejuma, estado Carabobo, para contar los detalles de la hazaña que lo sacó del anonimato y le dejó anécdotas y enseñanzas. Esta es su historia.

Una firme decisión

La situación económica de Pérez sufrió un revés con la llegada de la pandemia por COVID-19 a Perú. Se quedó sin empleo y debía entregar la casa donde habitaba con su esposa. “Ella era la única que estaba trabajando, y no quise ser una carga”, confesó. Esa situación, aunada al anhelo de reencontrarse con su madre, lo llevó a tomar la firme decisión de regresar a su país.

Fue así como sin preparación física previa y sin ser ciclista, Pérez partió de Lima, Perú, el 20 de junio, rumbo a Venezuela, a bordo de su bicicleta. Llevaba lo necesario para el viaje y a su perro Pío, su fiel compañero. Su pareja sentimental se quedó.

Desde el mismo momento en que planeó el viaje, Pérez confió en que lograría su objetivo, aunque en Colombia, específicamente entre Ipiales y Pasto, tuvo un contratiempo: la vía está en construcción y es de granzón. Este material hacía que la bicicleta «se le devolviera», y cuando intentaba empujarla, sus zapatos también se resbalaban, por lo que en vez de avanzar, retrocedía.


Los primeros días me dolía todo el cuerpo, el asiento de la bicicleta me maltrataba, pero luego fui agarrando el ritmo

Douglas Pérez Salpurido

“Estaba molesto conmigo y me dije: ‘No puede ser que vaya a llegar hasta aquí’. Fue el único momento en que dudé que llegaría a casa, y no porque no quería, sino porque el terreno no me lo permitía”, relató. Afortunadamente, un hombre que iba pasando por el lugar lo ayudó a empujar su vehículo para continuar.

Pérez recorrió alrededor de 5.000 kilómetros; solo se ahorró unos 600 kilómetros gracias a conductores que le daban un empujón. Aguantó el frío inclemente del desierto de Perú, cruzó ríos, durmió donde lo agarraba la noche y sorteó cualquier tipo de obstáculos, que no le quitaron el ánimo de seguir.

Confesó que al principio solo hacia 25 kilómetros diarios, pero posteriormente logró triplicar el kilometraje. “Los primeros días me dolía todo el cuerpo, el asiento de la bicicleta me maltrataba, pero luego fui agarrando el ritmo”.

Una Sayona en Colombia

Durante el viaje, Pérez se consiguió con gente maravillosa, especialmente en Ecuador. A esas personas las llamó “ángeles del camino”. “Me llegaban con comida, ropa y agua. No puedo decir que pasé hambre, salvo en un tramo en Colombia, conocido como La Dorada, donde no había ni agua, solo matas de guayaba. Creo que me comí como unos 10 kilos”, recordó entre risas.

En Colombia una extraña dama le salió al paso de la nada. Recuerda que era bonita, pero le llamó la atención que estaba descalza. “Me acompañó cuatro kilómetros. Me contó que iba a Manizales a ver a su mamá, que tuvo tres hijos, que murieron trágicamente, y que su esposo la había abandonado. Pensé que la pobre estaba muy sufrida, quizá por eso su rostro demacrado, pero para mi sorpresa la dama desapareció llegando al poblado de Vijes”, relató.

Unos metros más adelante, al contar lo sucedido en un puesto de empanadas, los presentes le dijeron a Pérez que esa mujer era la Sayona y que le salía a los viajeros en horas de la noche. “Yo no les creí, pero más adelante me detuvo un policía que me dijo lo mismo”, contó aún incrédulo.

Algunos sinsabores

En el trayecto hubo momentos desagradables para el ciclista. Uno de ellos fue en Ecuador. En este país dos jóvenes se le acercaron con la supuesta intención de ayudarlo a cargar su teléfono, que estaba sin batería, y confiadamente accedió. Los muchachos terminaron robándole el celular y un bolso. Por fortuna, otros ecuatorianos, al enterarse de lo sucedido, le regalaron uno.

Pérez también se cayó de la bicicleta, porque se le salió una rueda. “Di varias vueltas y caí al lado contrario de la carretera. Gracias a Dios llevaba un casco que me amortiguó el golpe en la cabeza”, acotó.

Posteriormente, en Cali, Colombia, un motorizado chocó con la rueda trasera del vehículo. “Salí volando, literalmente. Cargaba a Pío en un bolso, pero por suerte aún los reflejos me responden y metí las manos cuando caí. No nos pasó nada”, describió el viajero, quien añadió que lo más lamentable fue que la bicicleta sufrió daños que lo obligaron a venderla y comprar otra en mejores condiciones.


Si tuviera que repetir la hazaña de venirme pedaleando desde Perú a Venezuela, lo haría, y cualquiera puede hacerlo, solo es cuestión de proponérselo

Douglas Pérez Salpurido

Preso en su país

Sorprendentemente, los peores momentos del viaje de Pérez los vivió ya en su tierra. “Mi peor conflicto mental y moral fue en mi país”, dijo con tristeza. Indicó que a su llegada al territorio venezolano, entre el 22 de agosto y el 25 del mismo mes durmió en el piso del terminal de pasajeros de Táchira.

De ahí las autoridades lo trasladaron a un Puesto de Atención Social Integral (Pasi), el cual funciona en una escuela de Ureña a cargo de la Policía Nacional Bolivariana (PNB). “En ese lugar te sientes como preso, no puedes salir hasta que te den la autorización y las condiciones en las que convives no son las mejores”, exclamó.

Lo que más le causó molestia fue que no lo dejaron continuar su travesía en bicicleta por el territorio nacional. Las autoridades le dijeron que era por medidas de bioseguridad, hecho que no le ocurrió en los otros países.

Finalmente, la noche del 14 de septiembre Pérez logró embarcar el bus que lo trajo al estado Carabobo, pero antes de abordar tuvo conflictos con el conductor de la unidad para traerse sus pertenencias, sobre todo su bicicleta.

Un efectivo castrense que observó la situación le ordenó al chofer que dejara subir a Pérez con todo su equipaje. El conductor accedió con la condición del que el ciclista viajara de pie sosteniendo su bicicleta. Así, parado, viajó al menos 12 horas.

“Mi madre por fin descansó”

El martes 15 de septiembre, Pérez abrazó a su progenitora, Candy Salpurido, quien actualmente radica en Tocuyito, municipio Libertador de Carabobo. Fue un día feliz para ambos; sin embargo, las lágrimas brotaron en los ojos de Pérez cuando su madre le confesó que llevaba dos meses sin dormir desde que se enteró de su arriesgado viaje. “Tras mi llegada, mi madre por fin descansó”, expresó.

Luego de 48 horas en casa de su progenitora, Pérez partió a su hogar en Bejuma. Fueron 89 días de travesía. El jueves 17 de septiembre sus vecinos lo recibieron con aplausos, abrazos, fotos, videos y palabras de felicitaciones y admiración. “No me esperaba este recibimiento”, reconoció.

Pérez está consciente de la situación socioeconómica que atraviesa el país; sin embargo, siempre quiso regresar a su tierra y no tiene pensado irse. “Quienes nos devolvemos a Venezuela lo hacemos porque extrañamos nuestra patria, nuestra familia, porque la calidad humana del venezolano no la hay en otros países, pero no porque la situación haya mejorado”, reflexionó.

Retomar sus trabajos de electrónica, a propósito de que estudió en la Escuela de Comunicaciones Electrónicas de la Fuerza Armada Nacional (FAN) y sirvió por 10 años en ese cuerpo militar, es su objetivo más cercano, además de sembrar en el patio de su casa. Allí tiene cultivados café, plátanos, coco, yuca y plantas ornamentales. Está por sembrar pimentón.

“Me siento feliz y tranquilo de estar en casa”, expresó Pérez, quien se ha convertido en un ejemplo de perseverancia, no solo por esta recién experiencia, sino por logros conquistados anteriormente, como cruzar el río Orinoco y vivir dos meses en la zona más boscosa de ese lugar. “Si tuviera que repetir la hazaña de venirme pedaleando desde Perú a Venezuela lo haría, y cualquiera puede hacerlo, solo es cuestión de proponérselo”.


Quienes nos devolvemos a Venezuela lo hacemos porque extrañamos nuestra patria, nuestra familia, porque la calidad humana del venezolano no la hay en otros países, pero no porque la situación haya mejorado

Douglas Pérez Salpurido

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