– Parte III –

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Ángel emprendió el camino de su adolescencia aún con la sombra de los complejos y los prejuicios. Pero deseaba ser libre. Porque la hemofilia lo postraba, en ocasiones, a quedarse en reposo. Sin embargo, siempre se levantaba con ganas de correr, patear un balón —así fuera patearlo solo—, sentarse en su cama a jugar videojuegos o ver animé. No salía a fiestas porque su mamá no lo dejaba. Su vida se limitaba a estar en su casa.

Korenia admite que crió a sus dos hijos varones dentro de una burbuja. Invitaba a los amigos de Ángel a su casa en El Guarataro, una barriada del oeste de Caracas, para que compartieran con él. Temía que en la calle podría pasarles algo; se podrían caer, los podrían golpear. Aunque no contó con el apoyo del padre de los niños, asumió su rol de madre dejando atrás un pasado de mandatos, rebeldía y, en muchos casos, ausencia de afecto. Para Korenia, ser madre de dos hijos hemofílicos, y con la posibilidad de que su niña también sea portadora, supone nadar entre dos mares: el de la garantía de que los niños estén sanos y estables, y el de sus aspiraciones.

–Yo no puedo ser la madre que les va a cortar las alas a sus hijos. Ellos están creciendo y tendrán que hacer su vida. 

Korenia no deja de pensar en cuando crezcan más y enfrenten la crudeza. Cuando les toque trabajar o cuando se enamoren. Ella se enteró por un amigo de su hijo de que Ángel tenía una novia en el liceo donde estudia. No quiso hablar de eso, pero pensaba tal vez que no era nada serio. Le atormentaba pensar en lo que podría pasar si las hormonas ganan la batalla.

–Esa niña es muy fea, mamá— le decía Yeferson a Korenia.

Lizyairí es el nombre de la muchacha con la que Ángel salió unos dos meses. Era una relación adolescente que terminó en indiferencia. –¿Seguimos juntos? ¿Somos novios?– le preguntó Ángel a Lizyairí.

–No sé. Así se terminó esa relación fugaz.

Después le empezó a preocupar que su hijo quisiera dedicarse a tantas cosas y acumulara aspiraciones sin éxito, hasta el punto de que pudiera sentirse frustrado por no lograr nada a corto plazo. Fue así como llegó la cocina a la vida de Ángel. Korenia se enteró de que en el colegio de su hijo darían un curso de panadería para adultos, en el que formaban a los participantes en la preparación de panes. Por la edad, Ángel no podía ingresar, pero se las ingenió para que su hijo formara parte de la cohorte de nuevos panaderos. Lo logró.

A los tres meses, Ángel sabía hacer pan dulce, acemitas y golfeados, que luego preparó en su casa. A pesar de sus habilidades gastronómicas, Ángel no volvió a preparar nada más. No porque se le haya roto la pasión por la cocina –que nació luego de que entendió que no podía ser un futbolista por ser hemofílico– sino por la dura situación económica del país.

Korenia, poco a poco, dejó de comprar los ingredientes por la hiperinflación. El dinero no le alcanzaba para la harina, azúcar o huevos. Mucho menos para mantequilla o leche. Ni siquiera para cubrir los gastos del alquiler de la casa donde habitaba, en El Guarataro, un espacio reducido donde apenas podía ubicar sus enseres. En su tratamiento, a Ángel y a Yeferson no les había faltado medicinas, pero desde mediados de 2015 Korenia comenzó a percibir la escasez de fármacos. Le preocupaba mucho que sus dos hijos no tuvieran reservas de factores de coagulación.


Los medicamentos los recibía sin costo en el Banco Municipal de Sangre, pero los suministros dejaron de ser regulares y las cantidades que llegan ahora son mínimas


Los medicamentos los recibía sin costo en el Banco Municipal de Sangre, pero los suministros dejaron de ser regulares y las cantidades que llegan ahora son mínimas. Por ello los suministran solo para estrictas emergencias, no para que los pacientes se las apliquen cada tres días, lo recomendable para los hemofílicos. Korenia ha hecho malabares y, a pesar de todo, ha logrado conseguir algunas ampollas que guarda en su propia reserva de emergencia.

Ahora, cada vez que consigue el medicamento, inicia un ciclo perenne para seguir buscándolo y garantizar otras dosis. No puede confiarse de que llegarán suministros al Banco Municipal de Sangre, al menos los que el Gobierno tiene la obligación de otorgar. Algunos de los tratamientos que Ángel y Yeferson se han inyectado provienen de donaciones de ONG que reciben en esa institución. Justo en este momento ellos pueden sufrir hematomas, pequeños y grandes, o inflamaciones por no aplicarse los fármacos con la debida continuidad. Por eso deben andar cada vez con más cuidado.

A Korenia no solo le angustian las hemorragias. También el día a día, y el esfuerzo que implica estar atenta a la comida de sus tres hijos, vestirse bien, distraerse. Ella, a sus 36 años, logró graduarse de técnico superior en educación en la Universidad Nacional Experimental de la Gran Caracas (Unexca) –antiguo Colegio Universitario de Caracas– y ahora está por iniciar su licenciatura. Retomó los estudios que había dejado luego del embarazo de Ángel. Y hoy le parece paradójico que, siendo profesional, su salario, que ronda los ocho dólares, no le permite darles a sus hijos la vida que tenían años atrás, cuando la situación del país no estaba tan cuesta arriba.


Le prometió que podría pagarle un curso de cocina para convertirse en chef


Como cuando trabajaba como personal de mantenimiento en el Idena; con ese salario no podía comprar un hogar para sus hijos. Salió en enero de 2019 de su casa en El Guarataro, por inconvenientes con la propietaria que le alquilaba el espacio. Sin llevar todas sus pertenencias, se mudó a la casa de una amiga de su tío en Sarría, de dónde salió al mes, y ahora vive en el apartamento de otra amiga en San Martín, al oeste de Caracas, pero sin sus hijos.

Para no incomodar a Ángel y Yeferson, Korenia decidió mandarlos al 23 de Enero con Giovanni, a quien ahora le tocará estar más tiempo con ellos y conocer más de cerca la hemofilia. A Karemi, su hija de seis años, la llevó a Valencia con su abuela para que continuara con sus estudios. La separación, motivada por la crisis, tiene a Korenia destrozada. Trata de sobreponerse al repetirse que esa medida será temporal, mientras consigue un lugar cómodo y rentable para alquilar.

–Me ha pegado mucho no estar con mi hija. Ella siempre ha estado conmigo para arriba y para abajo, pero confío en Dios en que podré resolver lo del alquiler, tener una casa donde estar, para que ella y los niños estén otra vez conmigo.

A Ángel también lo afecta la crisis, aunque se aferra a una esperanza que le dio su tío. Le prometió que podría pagarle un curso de cocina para convertirse en chef.

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–Siendo chef podré montar mi propio restaurante, y siendo futbolista creo que no ganaré nada, porque si me golpean, tardaré en recuperarme.

Parece no perder el ánimo. Se ríe, pelea y juega con Yeferson, quien lo fastidia y le echa broma a cada momento. No imagina la vida sin su hermano porque le ha ayudado a comprender que no está solo con la hemofilia. Con 16 años, no solo lucha por no desangrarse, sino por no perder la brújula.

–Una vez le dije a Yeferson que uno debe reírse de uno mismo, de sus errores y de sus torpezas. Él me preguntó de dónde había sacado eso y le dije que no lo sabía, que lo había escuchado por ahí, pero que desde ese día he estado más tranquilo.


Ilustración Betania Díaz

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