Isabel y José tuvieron cinco años de relación como pareja. La iniciaron después de que ella se separó de su primer esposo. Pero esta fue una relación tóxica cargada de gritos, de reclamos, de maltrato verbal. Una relación que acabó cuando migraron a Estados Unidos. Hace un año se casó con su nueva pareja. Le dio una nueva oportunidad al amor

Conoce todas las historias aquí

Cada día debía cortar hasta 200 palos gruesos de dos por cuatro metros de grosor, que medían hasta seis metros. Con esos palos le tocaba armar paredes de casas. Hacer toda la estructura. Para cortar y armar los palos debía usar taladros y sierras. Después recogía los pedazos de madera y movía las tablas. Hubo días en los que le tocó pintar las casas y otros en los que le tocaba recubrir esas paredes, que hacían con los palos de madera, con un material parecido al yeso con el que se recubren las paredes de las casas en Estados Unidos.

Cuando recuerda esos días, dice que solo piensa en el peso, en ese peso que la agotaba y para el que no tenía tanta fuerza, pero que sacaba de donde fuera porque si algo tenía claro era que le tocaba comenzar de cero, así como le toca a la mayoría de las personas que emigran. Pero Isabel, abogada, de 37 años, no sólo tuvo que cargar con ese peso, sino con el peso de haberse ido con su pareja: un hombre violento, egoísta, machista que le hizo de esos primeros meses, un infierno.


Cuando Isabel decidió migrar no sólo tuvo que cargar con el peso que significaba trabajar en construcción en un país como Estados Unidos, sino con el peso de haberse ido con su pareja: un hombre violento, egoista, machista que le hizo de esos primeros meses, un infierno


Había salido de Venezuela en agosto de 2019. Recuerda que el viaje lo preparó en apenas un mes y medio. Su hermana mayor había tomado la decisión de migrar y se animó a irse con sus dos hijas: una de 17 y otra de 11 años. “En Venezuela ya no se podía vivir. Había mucha inseguridad, inestabilidad, no te alcanzaba el dinero, mis hijas no tenían un buen futuro”.

Recuerda que hizo sus planes sola. No ejercía su profesión, sino que se dedicaba al comercio. Tenía una empresa purificadora de agua junto con José, su pareja en ese momento, y justo porque las cosas no iban bien entre ellos había optado por marcharse con su hermana. “Pero él quiso que lo metiera en mis planes. Me dijo: méteme en tus planes”.

¡Me quiero ir!

En un último momento su hermana decidió no viajar y entonces Isabel se fue con su dos hijas, con José, su pareja en ese momento y el hijo de él que tenía cinco años y que ella crió como si fuera su hijo.

Cuando todo se rompe

Se fueron desde el estado Zulia hasta México. Una vez en ese país tuvieron que esperar un mes y medio para poder cruzar la frontera. La promesa que le había hecho José a Isabel de renovar la relación, de reiniciar y comenzar una nueva vida, duró muy poco. “Las fracturas yo las veía desde que estábamos en Venezuela”. Recuerda que cuando vivían en el estado Zulia la amenazaba con quitarse la vida.

Se refirió al tiempo en que estuvieron en México: “Todo se agravó como pareja, fue muy difícil. Siempre me reprochaba que si él era jefe en Venezuela cómo es que le iba a trabajar a otra persona. Siempre se quejaba, se quejaba y se quejaba y eso me atormentaba mas”. José responsabilizaba a Isabel de una decisión que él había tomado.


Isabel estuvo casada con el papá de sus hijas. Cuenta que con él mantiene una muy buena relación y que están en contacto por sus niñas y con José tuvo una relación por cinco años. Cinco años que acabaron en violencia, en gritos, en maltrato verbal y psicológico


Ya Isabel había dejado de sentir amor. Estaba agotada física y mentalmente. Ya no podía seguir con ese peso que José ponía en ella. Y así de rápido como preparó su salida de Venezuela, Isabel decidió separarse de José.

Recuerda que cuando llegaron a Estados Unidos se quedaron en casa de un matrimonio amigo de José que los recibió en su apartamento. “El lugar tenía una sola habitación donde dormían los amigos y nosotros cinco dormíamos en la sala. Mis dos hijas, José, el hijo de José y yo”.

A los pocos días, el matrimonio que los alojó dijeron que se mudarían, que necesitaban alquilar algo más grande porque las madres de ambos los visitarían y así fue como se fueron y les dejaron el apartamento a ellos.


Aunque la experiencia con José no fue buena, Isabel quiso darse una oportunidad. Su amiga le había dicho que había conocido allí a su actual esposo y ella hizo lo mismo. Ahora está casada y feliz


“Pagamos el primer mes, y el segundo mes yo decidí renunciar al trabajo de la construcción. Yo ya no podía más y en ese proceso se fue muriendo el amor. José, entonces, se indignó ante mi decisión, dijo que nosotras no éramos princesas para estar sin trabajar, que mi hija de 17 años tenía que buscarse un trabajo y ayudar a pagar la renta. Me indigné, me dio mucha rabia, me di cuenta de que quería estar sola y no tener que estar aguantando nada de ningún hombre”.

Ese día Isabel tomó fuerzas y le dijo que dividieran la renta en cinco partes: tres partes que pagaría ella para cubrir la cuota de sus dos hijas y dos que debía pagar él y su hijo. Recuerda que el hombre se puso violento. Le gritó que ella no tenía nada en Venezuela y que todo lo había hecho él. Recuerda la cara de sus hijas haciéndole señas que no discutiera para que José ya no gritara. El hombre se fue ese día de la casa y estuvo fuera una semana. Ese mismo día Isabel supo que ya no volvería a estar con él.

Las voces del amor

Isabel estuvo casada con el papá de sus hijas. Cuenta que con él mantiene una muy buena relación, y que están en contacto por sus niñas y con José tuvo una relación por cinco años. Cinco años que acabaron en violencia, en gritos, en maltrato verbal y psicológico.

Cuando José volvió después de esa semana pretendía quedarse en el apartamento. Isabel ya no se lo permitió. El hombre mandó a sus amigos para que intentaran convencer a Isabel, pero ya ella había tomado la decisión de no volver atrás. Fue entonces cuando José se fue con su hijo, no sin antes gritarle y reclamarle a su esposa que lo dejaba por otro hombre. Otra vez el machismo y la violencia. Otra vez las ofensas y los gritos. Ese círculo macabro del que logró salir Isabel para no seguir viviendo un infierno.

Vivir con grillete en EEUU: el precio que paga una venezolana por su libertad

Ese día supo que debía seguir por ella y por sus hijas. Buscó otros trabajos y entonces cortó cesped, trabajó limpiando habitaciones de hoteles y también cuidó niños. Ahora estaba más tranquila, ya no tenía con ella la carga de la violencia. Ella y sus hijas, por fin, comenzaban una nueva vida.

Sin miedo

Llegó entonces la pandemia y para Isabel una nueva oportunidad para enamorarse. En un grupo de Facebook al que se unió por recomendación de una amiga, conoció al que hoy es su esposo. Porque aunque la experiencia con José no fue buena, Isabel quiso darse una oportunidad. Su amiga le había dicho que había conocido allí a su actual esposo y ella hizo lo mismo.

El 6 de enero de 2022 cumplió un año de casada con un hombre que nació en Estados Unidos y que tiene familia latina. “Nos conocimos vía electrónica, por decirlo de alguna manera, porque en este país uno trabaja, trabaja y trabaja y siempre está ocupado y es difícil conocer a personas. La mayoría de las parejas se conocen por redes sociales”.


Cuando Isabel decidió migrar no sólo tuvo que cargar con el peso que significaba trabajar en construcción en un país como Estados Unidos, sino con el peso de haberse ido con su pareja: un hombre violento, egoista, machista que le hizo de esos primeros meses, un infierno


Ahora Isabel y sus dos hijas, que tienen actualmente 20 y 14 años, viven lo que ella califica como una buena vida. Trabaja en un restaurante cubano y le va bien, porque la mayoría de los clientes hablan español y ella no domina bien el inglés. “Mi esposo habla inglés, pero conmigo solo quiere hablar español, es más, ahora habla maracucho

Dice que lleva una vida tranquila. “Son dos culturas muy distintas. Tratamos de llevar todo de la mejor manera. Hay cosas que para mi son normales y para la cultura de mi esposo no, y viceversa. Mi esposo es un buen hombre”.

Dice que apostar por el amor siempre es mejor; que hay que dejar el miedo porque si no se pudo la primera vez, se podrá la segunda. Luego, en medio de risas dice: “O como en mi caso, que se pudo a la tercera”.

Miles de venezolanos en las zonas más desconectadas de nuestro país visitan diariamente El Pitazo para conseguir información indispensable en su día a día. Para muchos de ellos somos la única fuente de noticias verificadas y libres de parcialidades políticas.

Sostener la operación de este medio de comunicación independiente es cada vez más caro y difícil. Por eso creamos un programa de membresías: No cobramos por informar, pero apostamos porque los lectores vean el valor de nuestro trabajo y contribuyan con un aporte económico que es cada vez más necesario.

Forma parte de la comunidad de Superaliados o da un aporte único.

Asegura la existencia de El Pitazo con una contribución monetaria que se ajuste a tus posibilidades.

HAZTE SUPERALIADO/A

Es completamente seguro y solo toma 1 minuto.