Todo empezó con un cacerolazo en los bloques de la urbanización Bella Vista, en el municipio Valera, y se convirtió en un concierto para mantener encendida la luz interior de sus habitantes durante los apagones en Trujillo

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La noche arropaba los edificios de la urbanización Bella Vista, durante la primera noche del apagón nacional, padecido por los trujillanos desde el 7 hasta el 12 de marzo. Las hermanas Valero, mientras la oscuridad inundaba el apartamento 1B, hacían sonar el tan, tan incesante de los trastes contra las rejas de las ventanas.

La segunda noche, los aparatos se quedaron sin batería y los tanques sin agua. Las velas, velones y lámparas fueron insuficientes para tanta oscuridad y las neveras no lograban conservar los alimentos. El choque metálico de las ollas no fue suficiente y comenzaron a cantar.

“Iniciamos esto en son de protesta, primero el cacerolazo y le sacamos ritmo a la canción dándole a la reja: ¿Quiénes somos? ¡Venezuela! ¿Qué queremos? ¡Libertad!”, relató María Cecilia Valero, sentada frente a su puerta durante uno de las réplicas del apagón, este 3 de abril.

Sus cómplices fueron sus hermanas Carolina, Yudith y Morelia quienes, para apaciguar a la bestia de la oscuridad interior y alejar el mal espíritu del alma, siguieron los pasos de Orfeo o el David bíblico.


Iniciamos esto en son de protesta, primero el cacerolazo y le sacamos ritmo a la canción dándole a la reja: ¿Quiénes somos? ¡Venezuela! ¿Qué queremos? ¡Libertad!

María Cecilia Valero

“De ahí en adelante se empezaron a sumar los vecinos del bloque para cantar, a pasarla diferente, porque esto es muy deprimente. Debemos darnos ánimos”, expresó María Cecilia.

Durante los días siguientes, la “protesta” se esparció como noticia. Aunque la electricidad se fuera más de dos veces al día, los habitantes de Bella Vista, en el municipio Valera, del estado Trujillo, cuentan con esta especie de concierto de retazos. Dejan abiertas sus puertas para que se cuelen las melodías y el viento fresco.

Morelia Valero, quien vive cerca de los edificios, llega con su lámpara de pilas al bloque 1, dónde residen sus hermanas y su madre Cecilia. Hace accionar la alarma de emergencia de la lámpara e invita a todos a cantar al ritmo del cuatro o de la guitarra, que aprendió a tocar en la iglesia y con sus “amigos guataqueros”.

Los llama a todos por sus nombres, los anima, porque para ella es importante mantener encendida la luz del espíritu.

Popurrí popular

Un grupo de veinte personas –algunos niños y mayores– alumbrados hasta con mecheros, desde las nueve de la noche corean el “adiós chico de mi barrio”, de Tormenta; “el gato que está triste y azul”, de Roberto Carlos; las tonadas de Simón Díaz y sus “vaca mariposa” o “Mercedes se está bañando en las orillas del río”. El Alma Llanera sí la dejan para el final, porque a las diez deben dormir.

Los jóvenes y los adultos contemporáneos afinan sus gargantas con la Macarena, la Bamba y hasta los pollitos, mientras que los vecinos más tímidos se deleitan con sus voces y algunas canciones de Ricardo Montaner, Ricardo Arjona o Sin Bandera.

En los bloques de Bella Vista hay más de 72 familias que, además de la falta de energía del último mes, padecen la escasez de agua potable. La noche del 10 de marzo ya sumaban una semana sin una gota, pero del cielo cayó el invierno y recogieron para “los baños”.

Esa noche, por fin les llegó el servicio de agua y, en la madrugada, la luz, pues empezaba a restablecerse el Servicio Nacional Eléctrico (SEN) en zonas prioritarias como la planta de tratamiento. Sin embargo, ese apagón de cuatro noches sería solo el ensayo de las oscuranas de más de 12 horas continuas y de angustia por el agua.

Un escape

“Para mí fue muy sorprendente, porque de algo tan espontáneo, que se hayan sumado tantas personas, nos da aliento”, explicó María Cecilia, a quien la han detenido más de una vez en el estacionamiento del conjunto residencial para preguntarle si “van a seguir cantando, mire que eso nos levanta el ánimo. Así tal cual me dicen”

El concierto sigue su fluidez: Morelia canta y sus hermanas suenan unas maracas y un cajón que hace las veces de tambor. A lo lejos, en los bloques 2 y 3, unas linternas intentan alumbrar en su dirección.

“Allá se escucha clarito”, dijó Yudith, quien cantó “pero yo sigo siendo el rey, digo, la reina” y todos se rieron. Una vecina –Conchita, de cariño– escuchó el alma llanera y salió con el bastón de su casa: “No se vayan todavía, la noche es joven”.

“Vive sola en su apartamento y se siente acompañada, pasa una noche amena, escuchándonos cantar, así sea desafinado”, contó María Cecilia.

No es la primera vez que los bellavisteros “hacen las cosas diferentes” al resto de los valeranos. Este sector, situado en la parroquia Juan Ignacio Montilla, fundada en diciembre de 1947, realiza el llamado hallacazo porque elaboran la hallaca más grande de la región.


Las hermanas Valero también organizan, mensualmente, un arepazo para los niños en la iglesia católica del vecindario. Un modo de ayudar a los necesitados…


Esta tradición, que inició en la década del 70, dejó de realizarse en 2015, cuando la crisis económica diezmó sus esfuerzos para adquirir los ingredientes de la hallaca.

Las hermanas Valero también organizan, mensualmente, un arepazo para los niños en la iglesia católica del vecindario. Un modo de ayudar a los necesitados y, también, de cantar a Dios por sus bendiciones.

De ese gérmen festivo, propio de sus fundadores zulianos, también heredaron los amaneceres musicales y un sinfín de músicos.

Incluso en las afueras de los bloques hay familias que se reúnen para cantar y calmar a la bestia de la impotencia. Las hermanas Valero llevaron su retreta a los edificios, donde la acústica, en el silencio, es buena.

Los bellavisteros sueñan con un final perfecto para su cantar: que llegue la electricidad, el internet, señales de telefonía móvil para poder hablar con sus familiares, dentro y fuera del país, pero el concierto termina sin esa alegría. Apenas en la madrugada del 4 de abril, vuelve, pero quién sabe hasta cuándo. (Que vuelve?)

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