Moraima Linares de Vizcaya fue diagnosticada con una enfermedad circulatoria en noviembre de 2019. La flebitis, como se le conoce popularmente, no es mortal. Sin embargo, su hija Kelika Vizcaya contó a El Pitazo que la falta de atención en tres hospitales de Caracas condenó a su madre a una muerte dolorosa, lacerante y sin el menor paliativo. Durante la agonía de 35 días, los servicios le fueron negados, pues todos los recursos estaban a disposición exclusiva de la pandemia del coronavirus

Emergencias en pandemia: tres relatos de ruleteo y agonía (I)

“¿Es afiliado?”, preguntó la sargento a cargo de la carpa de emergencia que se instaló en el Hospital Militar Dr. Carlos Arvelo, 15 días después de reportados los primeros casos de coronavirus en Venezuela. “No”, respondió entre dientes Kelika Vizcaya, mientras aguantaba la silla de ruedas de su madre, Moraima Linares de Vizcaya. “Entonces, aquí no los vamos a atender”, remató la oficial, casi sin mostrar emoción alguna. El establecimiento fue creado para el servicio médico de militares y sus familiares, pero desde hace más de 15 años se abrió al público general. La nueva condicionante para la atención era a discreción.

Moraima Linares de Vizcaya, paciente con dermatitis crónica de 65 años de edad, acudía desde tres meses antes de la pandemia a ese centro de salud. En la institución recibió a partir de enero los cuidados paliativos para mejorar la condición, que le fue detectada en noviembre. Sin embargo, en julio, justificados en la emergencia sanitaria ocasionada por la expansión del virus, la revisión médica le fue negada durante un mes y cinco días. Entonces, presentó una complicación que ya no podía ser atenuada en casa hasta que, finalmente, falleció debido a una evolución desfavorable de su enfermedad.

“Desde enero acudíamos al Hospital Militar, la atendían en el área de Cirugía Plástica. Pero solo le hacían las curas y la devolvían a la casa. Ella iba los lunes y miércoles. Por la pandemia, una conocida empezó a hacerle las curas en casa. Ella tenía dos meses así, con las llagas secas. La enfermedad siguió avanzando. Entonces, en julio la refirieron de nuevo a Cirugía Plástica y el doctor que la atendía nos dijo que eso estaba feo, tenía pus. Había que verla de emergencia. Nos mandó a hacerle un examen de las várices. Ese mismo día nos mandaron a la carpa, porque dentro del hospital solo atendían casos de COVID-19”, contó Kelika.


Le insistí en que lo de mi mamá era una emergencia, pero me respondió que no la podían atender, porque todos estaban abocados a la pandemia

Kelika Vizcaya, hija de una paciente desatendida en emergencia

Los nuevos excluidos

La frase “morir de mengua”, como describe Kelika lo que vivió, nunca había estado tan vigente en Venezuela como durante la pandemia del nuevo coronavirus. En los últimos seis meses, la evolución de la enfermedad viral ha sido una prioridad para el Gobierno, como no se ha visto con otras afecciones. Cada noche se da un parte que desglosa la cantidad de muertos y nuevos contagios. Se detallan edades y procedencias con precisión marcial. Mientras, del resto de las enfermedades que afectan a la población poco se sabe. Este hecho es aún más alarmante en el caso de las emergencias.

Pacientes crónicos, víctimas de la violencia o de complicaciones surgidas de situaciones imprevistas son los grandes excluidos del sistema de salud actualmente. La saturación ya era notoria en julio, cuando se requirió del Poliedro de Caracas para completar cupos de aislamiento de casos de coronavirus. La temporada pandémica ha ocasionado que en las salas de emergencia aumenten los criterios de exclusión, desatención y negligencia. Sin embargo, a esta contingencia, cuyas causas anteceden desde al menos cuatro años a la aparición del COVID-19, no hay ni quien le tome el pulso.

Deficiencias de personal y recursos, ausencia de protocolos de abordaje o saturación. Esas son las causas comunes en centros de salud para negar la atención a pacientes con cuadros severos distintos al coronavirus. En el testimonio que Kelika Vizcaya compartió a El Pitazo, se describe un colapso silencioso y letal de los servicios de salud. La urgencia por ser atendido la llevó por tres centros de salud. En ninguno encontró siquiera una respuesta humana. Mucho menos médica o especializada. La falta de recursos maximiza la indiferencia en el personal, al punto de no brindar el mínimo diagnóstico u algún paliativo.

Ruleteo letal

Aquel 22 de julio, el primer día que le negaron la atención empezó el ruleteo. En esa ocasión, luego de varios minutos de ruego, llanto y dolor, la militar accedió a que fuese atendida. O al menos, recibida por un estudiante del área de medicina cardiovascular. Ya desde la antesala, la actitud delataba la orden. “Eso no se puede atender aquí, porque solo estamos viendo casos de COVID-19, mejor llévela a otro centro”, le recomendó el jefe del departamento, a petición del aprendiz, que no movió ni el estetoscopio colgado de su cuello.

Afligida, angustiada, sin fuerzas, disminuida por el dolor, Moraima atravesó la ciudad, junto a Kelika, en busca de piedad. Pues, a ese grado del agobiante malestar, cansancio y desesperanza, solo la fe alivia. Por aproximadamente un mes emprendieron una cruzada de sanación infructuosa. Del Hospital Dr. José María Vargas al Dr. Pérez Carreño y de regreso al Clínico Universitario, por no dejarse. En busca de un remedio, ningún camino fue largo, desde Las Adjuntas donde Moraima vivió por más de 30 años.


Nos mandaron a la carpa, porque dentro del hospital solo atendían casos de COVID-19

Kelika Vizcaya, hija de una paciente desatendida en emergencia

Idas y vueltas en medio de noches dolorosas, insomnios desgarradores y mañanas sin amanecer. La flebitis, como se le conoce popularmente, derivó en una infección local. Esta fue la última de las complicaciones, precedidas por la formación de coágulos y una trombosis venosa profunda con diagnóstico tardío. Un cuadro clínico cuyo abordaje amerita un tratamiento tópico. Es decir, sobre la lesión. Solo este método progresivo consigue controlar el avance de la herida.

“Mi mamá estaba desanimada, angustiada. Los nervios no la dejaron comer. Su mortificación de que no la viera un doctor, le aceleraba el corazón. Llegó a tener una arritmia acelerada todos los días, así uno le hablara y le dijera que hay que luchar en esta vida por la salud. ¿Cómo luchar si no te quieren atender? ¿Cómo tener fortaleza y ganas de seguir viviendo si nos cerraban en la cara todas las puertas que tocábamos? Nos las cerraban en la cara, porque no había acceso. Todo era pandemia. Solo emergencias del COVID-19”, expuso.


Su mortificación de que no la viera un doctor, le aceleraba el corazón

Kelika Vizcaya, hija de una paciente desatendida en emergencia

Indiferencia lacerante

Treinta y seis días de caras largas, de puertas cerradas, de auscultadas de reojo. Un lapso que transcurrió entre salidas fáciles “hay que hacerle unos exámenes” y palmadas en el hombro. Un largo mes en el que la insuficiencia venosa crónica, que le detectaron en noviembre de 2019, laceró su pierna al punto de convertir en llaga la parte baja de la pierna derecha. En el Vargas, un médico apenas levantó parte de la prenda que cubría la herida para sugerir que el problema era de higiene. “Lávenle eso bien y con eso se le quita”, propuso el doctor, como si del consejo de un hijo de vecino se tratase.

“El doctor lo único que hizo fue levantarle el mono y decir que eso lo que necesitaba era limpieza. Que con limpiarle el área diariamente y unas medias para várices eso se iba a sanar. Como ya nos habían ruleteado tanto, nos vinimos a la casa y constantemente le limpiaba la herida, que se estaba poniendo fea. La llevé al Vargas otra vez y el doctor me dijo que no estaban atendiendo, que solo los martes y los jueves y solo emergencias. Le insistí en que lo de mi mamá era una emergencia, pero me respondió que no la podían atender, porque todos estaban abocados a la pandemia”, recordó.

Desde esa última revisión pasaron poco más de dos semanas. En ese período nada mejoró. Ningún médico tuvo el interés de atender a Moraima, aquejada por cada vez mayores dificultades. Con los tendones expuestos, la infección mostraba más espacio ganado. Supurantes las heridas en la pierna y en el ánimo, sin opciones de atención en el sector privado, en casa de los Vizcaya solo quedó la resignación. El 27 de agosto por un paro cardíaco, Moraima exhaló por última vez. Pero para Kelika esa, la causa de muerte oficial, está errada. “A mí mamá no la mató el COVID-19, la mató la desatención”, dijo sin titubear.


¿Cómo tener fortaleza y ganas de seguir viviendo si nos cerraban en la cara todas las puertas que tocábamos?

Kelika Vizcaya, hija de una paciente desatendida en emergencia

Detrás de la noticia que acabas de leer hay otra historia. Fue posible gracias al esfuerzo de todo un equipo que, como tú, valora la independencia y está empeñado en visibilizar las injusticias y los abusos del poder. Para seguir haciéndolo necesitamos tu aporte. Súmate a nuestra causa de mostrar la realidad y mantenernos despiertos.Hazte Aliadodel periodismo que te cuenta la realidad y te mantiene despierto.