Con esta nota despedimos a nuestro Alfredo Morales, el periodista intachable y empático, el reportero cuidadoso y detallista, el amigo fiel, el más alto y el que decidió que en el cielo también se necesitaba un corresponsal de El Pitazo

Es imposible que alguien que se ría con estruendo y con los jajaja acompasados pase desapercibido. Nadie tan alto llega a un sitio sin que el resto voltee a mirarlo. La gente que es bonita por fuera llama la atención. Pero si a esa fachada le suman la candidez de un niño, la voluntad de siempre ir por más, la humildad de aprender de otros y el brillo de alcanzar los sueños, la mezcla no puede resultar en otra cosa que un Alfredo Morales.

Alfredo sonreía como esos hombres de las revistas y era alto, estilizado y fotogénico. Nació para estar en la TV y lo estuvo mucho tiempo. Tenía voz seductora, engolada, de locutor y, claro, que lo fue también. Alfredo Morales, siempre desde Aragua, se convirtió en esos periodistas a los que cualquier formato le quedaba a medida y aunque solía decir la frase: “yo empecé tarde”, quienes lo conocimos sabemos que solo le tomó el tiempo justo brillar desde cada ventana en la que se dejó ver.

La humanidad también le calzaba perfecto. Alfredo escuchaba si era necesario, hablaba con amabilidad y bondad y era capaz de reconocer con nobleza las luces de otros. Atendía los consejos y los ofrecía, se enfurecía por las injusticias y las enfrentaba sin miedo. Era capaz de alegrar a quienes estaban tristes y daba los abrazos más apretados y reconfortantes de los que es capaz un hombre de más de 1.85 metros de estatura.

Cuando llegó a El Pitazo su tarea pendiente era escribir como esos periodistas y cronistas a los que leía a diario y rápidamente se adaptó, tomó la pluma y dejó salir la voz de otros a través de sus textos. Contó cosas lindas y feas, tristes y agradables, duras y sencillas, historias en las que se encontró de tal forma que llegó a decir que por fin estaba en ese nicho ideal de ser feliz con el trabajo.

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El Pitazo me salvó”, decía desde 2018 cuando se sumó a esta familia, sin entender que fue él quien nos salvó a nosotros regalando su mística, su incansable lucha por un periodismo por y para la gente, uno en el que contar historias y ayudar pudieran ir de la mano.

“Llegué, porque todo se confabuló para ello. No lo esperaba. O más bien siempre lo aguardé, sin saber. No pensé que sucediera, pero ocurrió. Y hoy soy feliz de ser pitacero”, escribió en Instagram en 2019. En ese momento, aún no lo notaba, pero ya era de esos periodistas a los que se deben leer como una referencia para entender Aragua y para escribir bonito, desde el corazón.


ALFREDO MORALES, SIEMPRE DESDE ARAGUA, SE CONVIRTIÓ EN ESOS PERIODISTAS A LOS QUE CUALQUIER FORMATO LE QUEDABA A MEDIDA Y AUNQUE SOLÍA DECIR LA FRASE: «YO EMPECÉ TARDE», QUIENES LO CONOCIMOS SABEMOS QUE SOLO LE TOMÓ EL TIEMPO JUSTO BRILLAR DESDE CADA VENTANA EN LA QUE SE DEJÓ VER


Alfredo llegó para quedarse. De pronto, las notas eran brillantes, los reportes inteligentes y completos, las crónicas deliciosas y la investigación acuciosa y precisa. Su empeño por ser mejor resultó en el éxito y el reconocimiento de todo un gremio que hoy lo sabe imprescindible.

Su trabajo fue inspiración y motivo para muchos dentro de la familia pitacera. Todos supimos que era de los nuestros en un taller en el que, frente a todos, lloró emocionado de estar allí y agradeció encontrarse con gente que afianzara su vocación.

En esta familia lo veremos siempre riendo en una esquina con Ruth Lara Castillo, recordando y cantando alguna canción con Nadeska Noriega, abrazando a Sheyla Urdaneta y diciéndole que quiere escribir como ella, riéndose a carcajadas por alguna travesura de Pola del Giudice, caminando sin rumbo con Alexander Olvera o haciéndose fotos sin parar con María Eugenia Díaz.

Nos quedamos con su estruendo para celebrar alguna ocurrencia de Lidk Rodelo. Con su abrazo para Armando Altuve, con su disposición a ayudar a los chicos de radio en sus reportes, con su “Génesis Carrero, quiero escribir como tú”. Con el “hola, cariño” que respondía a todos en sus mensajes, con el gracias infinito que profesaba a César Bátiz y con la paciencia con que escuchaba las recomendaciones de Rossana Batistteli, su Ross.

No olvidaremos sus notas de la tragedia de El Limón, de la Casa de la Moneda, de la crisis por el gas, del ecocidio, del transporte, de las protestas, de la educación, de la falta de luz. Tus manos fueron capaces de contar al país la Aragua de nuestros tiempos y tus artículos son la prueba.

Se nos fue uno de la casa, de los nuestros. El COVID-19 entró, se llevó a un pitacero y nos quebró. Pero lo que no sabe esta enfermedad es que solo nos ayudó a escalar, a instalar una corresponsalía allá donde nos faltaba: en el cielo.

Hasta siempre, Alfredo.

De tus hermanos de El Pitazo

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