Los habitantes del segundo estado más poblado del país padecen sin agua, sin gas doméstico y con cortes eléctricos. Mujeres embarazadas y con niños que pequeños que deben cargar y cocinar con leña, ancianos que sufren por las fallas de luz y familias enteras que deben caminar kilómetros para conseguir agua

Por: Francisco Rincón

“¡Qué no me duele! Con esta situación que estamos viviendo nos duele hasta el alma”.

Son las 12:15 pm y los rayos del sol le nublan la vista a José Montiel. Las marcas del sudor le pegan su franela al cuerpo porque la sensación térmica supera los 40°.

José, tiene 56 años y vive en la comunidad Jagüey de la Punta, en el municipio San Francisco del estado Zulia, el segundo más poblado en la región con 526.504 habitantes hasta 2020 según proyecciones del Instituto Nacional de Estadística.

Cuenta que el principal foco de atención en su sector es una manguera delgada que está en el patio de un vecino. De ese plástico negro sale un hilo de agua muy delgado entre las 6:30 am y 6:00 pm del que se sirve una parte de la comunidad.

José tiene 17 años viviendo en ese sector y desde hace al menos 3 años no hay agua en la zona. Por eso acude a la bondad de su vecino para llenar cinco toneles de agua que suman 1.000 litros, que luego monta en una carretilla oxidada y los lleva a su casa en dos viajes.

Ese día caluroso, a mediados de julio, le pidió a su hijo y a unos niños que jugaban con un burro que lo ayudaran a llevar los 450 kilos que pesa la carga del agua de su primer viaje.

Desde hace dos años, José padece desprendimiento de retina en los dos ojos y en el izquierdo tiene glaucoma. Su discapacidad, que se agrava por la falta de atención médica y de dinero para atender este padecimiento, deterioran aún más su calidad de vida e imposibilitan actividades cotidianas como salir solo en búsqueda de agua y ver las piedras que hay en el camino.

“Nos quedamos sin una gota de agua y tengo cuatro hijos menores y a mi esposa esperando. ¡Estamos desesperados! Siento impotencia”.

Las fallas en la distribución de agua potable en el Zulia son cronicas, se registran, al menos, desde 2018 y las consecuencias que genera se agravan en medio de la emergencia humanitaria compleja que impacta a los 21 municipios zulianos.

La escasez se agudizó en el contexto de la pandemia por COVID-19 en que la principal forma de evitar la propagación y contagio del coronavirus es que las personas laven sus manos de manera constante y mantengan sus espacios limpios.

El agua, que es un derecho humano y así está previsto en las normativas internacionales, no es un beneficio del que gozan los ciudadanos en la región.

Una toma comunitaria que “salva vidas”

En Jagüey de la Punta se cansaron de no tener respuesta de los gobiernos locales y decidieron unirse para atender lo que el Estado no les resuelve. Es así que decidieron hacer una toma comunitaria que se logró por iniciativa de un vecino que conectó dos rollos de manguera a un pozo que habilitó la Gobernación del Zulia, después de tres años sin funcionar. Gracias a esta invención, la comunidad puede servirse de agua.

Jagüey de la Punta tiene cinco largas y maltrechas calles a medio asfaltar en las que residen 110 personas. De las 22 familias que hacen vida en el sector, al menos seis se benefician de la toma vecinal.

Para tener agua en su casa, tanto José como sus vecinos deben recorrer a pie las calles polvorientas y huecas de su sector. José, por ejemplo, vive a 100 metros del patio donde está instalada la manguera. Las carretas y carritos se atascan en el trayecto, lo que amerita más esfuerzo. Además, en cada brinco o al pisar una piedra, los toneles, tanques y envases se derraman, y se pierden varios litros frente a la mirada impotente de quienes la trasladan.

En casa de José, los 1.000 o 2.000 litros de agua que busca cada semana le alcanzan para cocinar, bañarse, bajar el retrete, limpiar la casa a medias, lavar la ropa o regar las matas. Poco queda para lavarse las manos varias veces al día para evitar el contagio de la COVID-19 y sus variantes.

Lo mismo pasa en casa de sus vecinos y, quizás peor, en la casa de quien no tiene la opción de llevar toneles grandes, o una carretilla para transportar el agua.

Maracaibo es la tercera ciudad del Venezuela con el mayor número de usuarios que no reciben agua a pesar de estar conectados a la red de acueducto, esto de acuerdo con un estudio realizado por el Observatorio Venezolano de Servicios Públicos durante enero de 2021. En la investigación se demostró que la valoración negativa del servicio de agua potable es de 82,4% en la capital del Zulia. Mientras, hay zonas donde no llega una gota y en otras se pierden cientos de litros por los botes de agua.

Esto no es vida

“Parece tamarindo, da miedo, pero no tenemos más opciones. A veces llega hasta aceitosa, uno le ve las manchas”, dice Marta Sánchez, habitante del sector Santa Fe, también del municipio San Francisco sobre el agua que recolecta para tener en su casa.

El agua que sale por las tuberías es turbia y está causando diarrea, vómitos, enfermedades en la piel y escalofríos a una población a la que se le dificulta comprar hasta un suero para hidratar.

Para “tratar” el agua, las personas usan cloro, la hierven o le echan alumbre, un mineral compuesto por aluminio y potasio, principalmente, que la aclara al concentrar las partículas en el fondo.

En declaraciones recientes Ausberto Quero, miembro de la junta directiva del Centro de Ingenieros del estado Zulia (Cidez), explicó que la crisis hídrica que vive la capital zuliana responde a la mala administración de la gestión integral del manejo del agua a manos de la Hidrológica del Lago de Maracaibo (Hidrolago).

El especialista explicó que la precariedad del servicio “inicia desde las primeras gotas que nacen en las cuencas hasta la última gota que llega a casa”, debido a los altos índices de deforestación de las zonas que, según dice, deberían estar protegidas por la Guardería Ambiental. Sobre la turbiedad del agua detalló que esta debe tener entre una y cinco unidades nefelométricas que es lo que la mide y el agua que llega tiene más de 250.

La escasez de agua obliga, a aquellos que pueden, a comprar botellones, pagar a camiones cisternas o acudir a pozos comunitarios. Los precios varían entre los 500.000 bolívares y los 2 dólares estadounidenses por tonel, lo que representa más de un salario mínimo mensual en Venezuela.

“¡Siento que se me va la vida! Las piernas se me acalambran cuando estoy subiendo”.

Así resume Dayana Gil lo que siente tres veces a la semana. Esta mujer de 32 años y madre de seis hijos camina junto a sus vecinos casi un kilómetro desde su casa hasta una empresa privada de cervezas -donde le regalan agua potable- o al pozo de una vivienda donde la venden, y suben al menos dos pendientes cargando botellones de agua en una carreta.

Dayana vive en el sector Santo Domingo, parroquia Cristo de Aranza de Maracaibo, al borde de una cañada, como le dicen en Zulia al canal donde se empozan las aguas servidas.

En la reportería se destaca que los datos coinciden en las distancias que deben recorrer las personas en el Zulia para buscar y acarrear agua. La mayoría suma hasta los 3 kilómetros. El volumen que cargan o arrastran es de entre 2 litros y tanques de 2 mil litros. El tiempo ocupado al día en estas actividades de subsistencia es de media hora hasta 7 horas. Y una persona puede destinar hasta 21 horas semanales de su tiempo en busca de agua para su hogar.

Mujeres, hombres, adultos mayores, e incluso niños, niñas y adolescentes, buscan agua en diversas fuentes ubicadas fuera de sus hogares, debido a que no llega una gota a la tubería. Caminan con carretas, coches, sillas de ruedas y carritos a parques, cañadas, jardines y pozos comunitarios -tomas improvisadas sin control- para intentar llenar sus envases. Y cuando llueve, tratan de almacenar toda el agua que pueden.

Sin gas: en casas donde el humo enferma

Las pequeñas brasas aún arden en el piso de la casa de Elena Faría. Esta mujer de 41 años, tiene cinco hijos y debe cocinar con leña porque no hay gas en su vivienda en Santa Fe, municipio San Francisco. En estos sectores, al igual que en otros del estado, no hay agua, no hay gas y tienen fallas de electricidad.

La casa de Elena hierve y la temperatura aumenta porque cada día le toca prender los palos para alimentar a sus pequeños. La cerca está hecha de latas, tiene las paredes desteñidas y hay manchas de la hoguera en el piso y la pared de un costado. En la entrada permanece estacionada una carreta artesanal de madera y hierro.

“¡Es muy difícil vivir sin nada! Me quedé sin bombona y debemos resolver con lo que tengamos a mano. ¡Es una tragedia!”.

Dos de sus hijos, el de dos años y la bebé de seis meses, nacieron cuando ya ella cocinaba con leña. No se han enfermado, sin embargo, el impacto del humo de leña sobre la salud de las personas es devastador en el corto, mediano, y largo plazo. Y Elena aún amamanta.

Las personas que se ven obligadas a cocinar con leña padecen desde irritaciones, quemaduras y asfixias, hasta daños en los bronquios y enfermedades pulmonares. Según especialistas, el grupo de mayor riesgo son las mujeres embarazadas que se exponen al humo de leña, debido a que puede generar que los recién nacidos estén bajos de talla y peso, y se incrementa el riesgo de muerte neonatal.

“Lo más horrible de cocinar con leña es el humo y que todo sabe diferente, pero no tenemos dinero ni para comprar una bombona y mucho menos para recargarla”.

En medio de la desesperación y el desconocimiento, las familias están expuestas a quemar madera que producen efectos más perjudiciales. La ONG Sembramos Todos advierte: “Si bien no recomendamos ningún tipo de madera para cocinar, deben evitarse por ser muy tóxicas al quemarse el jabillo, mango, granadillo, caoba, ceiba y casi todas las maderas espinosas”.

Lo mismo le pasa a Yerimar Suárez que tiene una situación similar a la de Elena. Tiene 17 años y es mamá de una niña de 1 año y 4 meses que nació con hidrocefalia y mielomeningocele. Ella no tiene posibilidades económicas para recargar su pequeña bombona de gas.

“Cuido mucho a mi bebé. Cocino con palo en la casa de al lado para que no le llegue el humo. Cierro todas las hendijas de las ventanas, pero el cuarto se pone podrido. No quiero que se enferme, ella tiene muchas ganas de vivir. Sueño con que camine, hable y vea”.

En casa de Yerimar, la leña la recoge su esposo Juan y le dura dos o tres días, porque no tienen dinero para comprar alimentos y hacer comida.

Los precios en el mercado negro de las recargas de las bombonas de gas en el Zulia varían según el tamaño y la zona geográfica: pueden llegar a costar hasta 55 dólares. El precio oficial no llega a 1dólar, pero la espera por una recarga tarda hasta cuatro meses y hay sectores en los que el acceso es nulo.

Maracaibo fue la ciudad del país que registró el mayor porcentaje de falta de gas doméstico en sus comunidades a principios de 2021, según el Observatorio Venezolano de Servicios Públicos. Al punto que ante la falta del cilindro en los hogares, 26,6% de los consultados en Maracaibo indicaron que optan por cocinar con leña.

Para evitar esta práctica, algunos habitantes han construido fogones artesanales que funcionan con gasoil, pero que ya no pueden usar porque el hidrocarburo no se consigue y un litro cuesta un dólar. La pobreza limita sus opciones.

Las jornadas para cocinar con leña inician antes de las 7:00 de la mañana, cuando los afectados se preparan para buscar los palos en cañadas, terrenos baldíos o se los quitan a la cerca de las viviendas que están solas.

En promedio, una carreta grande cargada de leña puede durar 15 días, sin embargo, quienes no tienen esta opción de traslado de la carga buscan troncos a diario. Esta realidad alimenta el círculo vicioso de la pobreza.

La escasez se agrava cada día aunque en el Zulia existen tres plantas de gas para el llenado de bombonas y a principios de mayo llegó un buque con gas, según declaraciones de Omar Prieto, gobernador del Zulia.

En 2019, la ONG Transparencia Venezuela informó que hay zonas afectadas por la inexistencia de redes urbanas de distribución de gas y donde las hay, la situación es precaria debido a que el mantenimiento no es periódico. Las parroquias del oeste y el suroeste de Maracaibo, como Antonio Borjas Romero, Idelfonso Vásquez, Venancio Pulgar y San Isidro carecen en su mayor extensión de la infraestructura para que el servicio les sea provisto.

Vivir a oscuras

La vida sin agua, sin gas y sin electricidad es cuesta arriba, extenuante y llena de sacrificios.

Este es el caso de Juana, una mujer de 21 años que con su hijo de tres años en brazos no para de caminar dentro de su casa sin electricidad para buscar alguna entrada de aire que apacigüe el calor.

Es de noche y, por experiencia, ya no se tropieza con las sillas aun cuando la linterna de su teléfono celular no enciende porque el aparato está descargado.

La vivienda está cerca del terminal de transporte de Santa Bárbara del Zulia, en el municipio Colón. El racionamiento eléctrico lo padecen a diario y puede sumar hasta seis horas.

En los sectores de algunos municipios del estado Zulia los racionamientos han disminuido en el segundo trimestre de 2021, pero en otros, como en los del Sur del Lago de Maracaibo, el colapso del sistema eléctrico es palpable entre la falta de respuesta gubernamental.

“El calor es desesperante. Nos sentamos en el frente con hamacas y un cartón para echarle fresco a los niños. El sereno los enferma y no hay dinero para doctores ni medicinas”.

Durante 2020 la entidad más afectada de Venezuela por los cortes eléctricos fue el Zulia, con más de 40.877, según el Comité de Afectados por los Apagones. Durante los primeros tres meses de 2021 la región seguía encabezando la lista de los más perjudicados.

“Los zancudos hacen de las suyas. Hay enfermos en cama y viejos que tienen hipertensión y se les baja la tensión. Dormimos en el piso del porche o en el patio. Me siento mal, nosotros podemos aguantar lo que sea, pero nuestros niños y abuelos no…”, cuenta Juana, afligida, mientras busca respuestas.

“Me provoca llorar, gritar, correr… pero ajá, con quién nos quejamos si nadie hace nada”, lamenta con amargura. En medio de los racionamientos y apagones aumenta la ansiedad, el pánico, la tristeza y la baja energía para realizar las actividades cotidianas.

Julio Fernández, de 69 años, relata vía telefónica desde San Carlos del Zulia, capital del municipio Colón, las penurias que padecen. “Desde febrero esto ha empeorado. Lo peor es cuando quitan la luz en la madrugada o en la mañana y uno no puede hacer ni el desayuno ni el almuerzo. Tenemos cocinas eléctricas porque no conseguimos bombonas de gas entonces uno pasa casi todo el día de hambre”. La comida se daña porque no está refrigerada.

Durante los últimos años, los productores y gremios de los municipios Jesús María Semprún, Catatumbo, Colón, Francisco Javier Pulgar y Sucre, que forman la subregión agropecuaria del Sur del Lago, han alertado que la producción y cadena de frío de los productos está en riesgo por la falta continua de electricidad.

En sectores de Maracaibo como Ciudadela Faría y Lago Azul las quejas por los racionamientos eléctricos son constantes. En el sector El Marite, al oeste de la ciudad, se reportan racionamientos eléctricos interdiarios de entre cinco y seis horas, además de 20 fluctuaciones diarias.

Los racionamientos, fluctuaciones y apagones dañan electrodomésticos y ocasionan la suspensión del suministro de agua, fallas en la televisión por cable, la cobertura telefónica y el acceso a Internet; la suspensión de la atención médica y de tratamientos; y limitaciones para acceder a la educación.

–¿Qué es lo peor?

–“Todo. Sólo quien vive este infierno sabe lo que se siente. Que el día se te pase pensando en cómo sobrevivir sin luz, sin agua o sin gas no es vida. Siento que perdí mi juventud”, confiesa Juana con desazón.

En el Zulia, la precariedad de los servicios públicos hace que la vida penda de un hilo.

Este es el primero de cinco reportajes que comprenden Rostros de la Emergencia, un seriado de crónicas promovido por Codhez y presentando en alianza con El Pitazo, para visibilizar historias que merecen ser contadas en el contexto de la emergencia humanitaria compleja en Venezuela.

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