La falta de combustible en el estado Zulia obliga a que los pacientes renales tengan que caminar hasta el Hospital Universitario de Maracaibo, donde reciben su tratamiento. Uno de los casos es el de Maritza, una mujer de 68 años que tres veces a la semana recorre 10,2 kilómetros cada día, para mantenerse viva

Por: Mariela Nava

Maritza Villareal llevaba media hora de caminata. Cada tanto aprovechaba la sombra de los árboles para descansar un poco. Una mañana de julio, la debilidad de sus piernas pudo más y cayó al pavimento. Sus rodillas comenzaron a sangrar, el ardor era casi insoportable, pero sin dudar siguió su camino al Hospital Universitario de Maracaibo, donde recibe tratamiento de diálisis desde hace seis años.

Tres veces a la semana, con 68 años a cuestas y una deficiencia renal, camina 10,2 kilómetros que recorre en casi cinco horas, ida y vuelta. Eso es lo que mide el trayecto desde su casa, en el sector Los Tres Caminos, al norte de Maracaibo, hasta el hospital.

Los pacientes renales de Maracaibo, en Venezuela, se ven obligados, hace más de un año, a caminar largos trayectos desde sus viviendas hasta el hospital para recibir su tratamiento, debido a la falta de combustible que afecta a la región occidental del país, lo que ha mermado sus posibilidades de traslado.

Por eso, para Maritza hay días más duros que otros. Como el de esa tarde.

“Ese día que me caí, a medio camino, mi hijo me quitaba las sandalias a cada rato para limpiarlas, porque mis piernas sangraban mucho. Pero perder la diálisis es un lujo que no puedo darme”.

Antes de salir, Maritza prepara unas arepas, embotella un poco de café y de agua. Es el alimento del día que lleva consigo, junto a un paraguas que la cubre del sol. En Maracaibo, las temperaturas oscilan entre los 39 y 42 grados centígrados.

Aunque la mayoría de las veces utiliza la sombrilla como bastón para sostenerse durante la travesía.

Una vez en el hospital, sudorosa y extenuada, debe subir nueve pisos por las escaleras, hasta la unidad de diálisis. Hace un año que el ascensor del Hospital Universitario de Maracaibo está dañado.

Antes de que la conecten a la máquina, Maritza comparte las cuatro arepas con su hijo Dauri, de 34 años, quien nació con deficiencias de motricidad y es su único acompañante.

Mientras la enfermera la prepara, mentalmente hace una oración.

“Señor permíteme salir con vida y con fuerzas hoy, aligérame el camino para seguir sobreviviendo”.

Después de tres horas de tratamiento, toma aliento y se apoya en su hijo para disminuir la fatiga. Sin más opciones, regresa a casa y la caminata puede tardar dos o tres horas, dependiendo del malestar que le haya dejado la diálisis.

Los pacientes renales suelen presentar presión arterial alta o baja, calambres musculares, picazón, problemas de sueño por apnea o piernas inquietas, anemia, enfermedades óseas o sobrecarga de líquidos, después de cada sesión de diálisis.

Pese a ello, Maritza cuenta que hubo una época en la que a pesar de su enfermedad renal, fue feliz.

Otro de sus cinco hijos solía acompañarla al hospital. Pero hace dos años se fue del país, junto a otro de sus hermanos.

Uno de sus hijos es dueño de un microbús y la ayudaba con los pasajes, hasta que llegó la pandemia del COVID-19 y se dictaron medidas restrictivas a la circulación en Maracaibo. La falta de trabajo, la escasez de gasolina y el autobús con fallas mecánicas le impidieron seguir ayudando a su madre.

“Ahora no me queda de otra. Si quiero vivir, tengo que caminar”.

El patio de la vivienda de Maritza quedó como estacionamiento de los vehículos de sus hijos.

“Están de adorno porque no hay cómo repararlos y menos gasolina”, contó en medio de una pausa y una respiración profunda.

Desde el 14 de mayo de 2021 y por órdenes de la Gobernación del Zulia, la estación de servicio Carro Chocado, al sur de la ciudad, fue asignada para surtir de gasolina subsidiada a los vehículos propiedad de los pacientes renales o de sus familiares. El despacho está limitado a 30 litros por vehículo.

“Cuando nos echan gasolina, los 30 litros que apenas nos surten, los comparto con un muchacho que me hace el viaje y que es como un hijo para mí. Lo que queda de gasolina se vende para comprar comida, porque el único que trabaja es mi esposo, como vigilante. Y su sueldo no alcanza para nada”.

El despacho de gasolina se hace mensual a cada paciente renal en la estación de servicio asignada, 30 litros de gasolina alcanzan para uno o dos traslados al hospital, dependiendo del lugar de residencia del paciente.

Hasta el mes de julio, Maritza ha sumado 960 horas de caminata durante el año y cuatro meses que lleva la pandemia en Venezuela. Confiesa que en los días de diálisis se acuesta cansada.

“Me duele hasta el pelo de tanto caminar”, dice, curiosamente, entre risas.

En este tiempo, se ha resignado a la realidad que le ha tocado vivir, pero a pesar de esto, sigue teniendo fe.

“Tengo miedo de morirme así, siempre lo pienso, pero no puedo echarme a morir o quejarme todo el tiempo. Solo le ruego a Dios compasión”.

Promesas incumplidas

El desabastecimiento de combustible en el Zulia se agudizó con la llegada de la pandemia por COVID-19 en marzo de 2020, cuando el Gobierno nacional ordenó su restricción para evitar la propagación del virus. Sin embargo, desde 2019 el estado fronterizo ya registraba fallas en el despacho de gasolina, convirtiéndose en el primer estado en presentar largas filas de vehículos particulares, de carga y transporte público, en las adyacencias de las estaciones de servicio, hasta por tres días.

El Zulia dejó de ser la capital petrolera del país. La debacle de hidrocarburos se ha profundizado.

Para el traslado de los pacientes renales, 30 litros de gasolina no son suficientes. Muchos de ellos viven en otros municipios o muy lejos de la estación de servicio asignada.

“Personalmente me he reunido con el gobernador, porque hay un proyecto de carnetización para darle prioridad a los pacientes en cualquier estación de servicio, pero esto no ha sido posible. El gobernador sigue prometiendo cosas que no cumple y la realidad es que cada vez más personas caminan para ir a su diálisis”, narra José Luis Tello, paciente renal y defensor de los derechos humanos, quien asegura que el despacho de combustible se realiza, apenas, una vez al mes.

Durante el primer semestre de 2021, dos pacientes renales del Hospital Universitario de Maracaibo fallecieron por no poder cumplir con su tratamiento adecuadamente. Según Tello, las muertes se asocian con la falta de combustible.

“No todos tienen las mismas fuerzas para caminar. Tenemos pacientes en sillas de ruedas, ciegos, con problemas de hipertensión, diabetes y con un clima como el de Maracaibo, donde el sol es inclemente, es un riesgo seguir así”.

Tareck El Aissami, ministro de Petróleo, anunció en junio, durante una entrevista a la agencia de noticias Bloomberg, que para el cierre del mes del mismo mes, desaparecerían las filas de vehículos frente las estaciones de servicio. “Tras la reactivación del 100 % de las refinerías en Venezuela con una inversión de 1.200 millones de dólares”.

Pero Tello alerta que en 21 días del mes de julio, los vehículos que trasladan a los pacientes renales no han surtido combustible.

“Nunca tenemos un despacho constante. Cada día se acelera más la crisis del combustible y, por ende, se deteriora nuestra salud”.

En el estado Zulia existe un aproximado de 680 pacientes renales, distribuidos en los centros de diálisis del Hospital Noriega Trigo, Unidad Centro del Sol, Unidad de Diálisis Zulia, Hospital Militar, Centro de Diálisis de Occidente, Nefrozulia, Diálisis Maracaibo, San Juan Bautista, Hospital General del Sur y Universitario de Maracaibo.

Luis Tello, defensor de derechos humanos y paciente renal, dijo que es importante ponerse en los zapatos de los pacientes que deben caminar por varias horas para llegar al hospital y subir nueve pisos, en donde, además, la falta de suministros, medicamentos, agua y electricidad agrava la situación de quienes padecen insuficiencia renal en el estado.

Ocho kilómetros en sillas de ruedas

Pedro Rojas, de 45 años, se fracturó el fémur hace dos años, luego de una caída en su casa. Los médicos descubrieron una descalcificación en sus huesos, por lo que no pudieron operarlo y quedó en silla de ruedas. Antes de eso, Pedro trabajaba en el centro de Maracaibo y vendía pastelitos en un negocio familiar que compartía con sus dos hermanos.

En casa de los Rojas, nunca hubo carro, pero sí el dinero necesario para que Pedro se trasladara cómodamente a la diálisis, durante 14 años. Con la llegada de la pandemia y las fallas acentuadas en el suministro de gasolina, se produjo el cierre parcial del área comercial del casco central de Maracaibo y la venta de pastelitos fue mermando. Ya no había dinero para pagar los pasajes.

Además, el transporte público se paralizó 90 %, según las cifras de la Central Única de Transporte del estado Zulia, por la falta de combustible. Este sector viene presentando fallas desde 2018 por falta de repuestos, lubricantes e inseguridad.

A Pedro le pesa cumplir con su tratamiento, porque la falta de combustible lo obliga a trasladarse en su silla de ruedas hasta el hospital con la ayuda de su hermano, que lo lleva a pie tres días a la semana.

“Siento que le robo a mi hermano Carlos su tiempo, sus energías y eso me duele. Él no me lo dice, pero sé que es un sacrificio”. Ambos recorren a diario ocho kilómetros desde el barrio 12 de Octubre, en el sector Cañada Honda, al oeste de Maracaibo, hasta el Hospital Universitario.

A pesar del mal estado en el que está la silla de ruedas, los hermanos tardan una hora y media en llegar al hospital. Allí, Carlos sube los nueve pisos con Pedro a cuestas, sobre la silla de ruedas.

“En 2007, mi hermano me donó un riñón, mi cuerpo lo rechazó, y eso es lo que me preocupa, porque él no debería levantar peso”, dice Pedro compungido.

De regreso, una chaqueta le sirve a Pedro como sombrilla para cubrirse del inclemente sol, pero la reacción de la diálisis, sumada a un cuadro de hipertensión, igualmente lo sofoca.

“A veces pienso que no voy a llegar”.

Hace 14 años que Pedro no hace dieta, aunque está consiente de que una buena alimentación es fundamental para sobrellevar la deficiencia renal, sobre todo con el consumo de proteínas. Solo come dos veces al día: dos arepas en el desayuno y el almuerzo muchas veces se alarga hasta las cinco de la tarde.

“Con lo poco que hacen mis hermanos no alcanza, así que trato de comer antes y después de la diálisis para evitar quedar pegado en la máquina. Me prohibieron comer muchas cosas, pero tengo que comer lo que hay”.

Sopa de verduras o recortes de pollo revueltos con pasta o arroz es el menú de Pedro. Hace un año que no consume carne, porque para él y su familia es imposible comprarla.

Sin combustible no hay alimentos

Armando Chacín, presidente de la Federación Nacional de Ganaderos (Fedenaga), dijo que la crisis económica ha perforado el bolsillo de los venezolanos. “La falta de combustible ha afectado a los productores en Venezuela, porque nosotros tenemos que perder días en una cola para tener un poco de combustible o comprarlo en el mercado negro y las consecuencias las termina pagando el consumidor con precios mas elevados”.

Las fallas en el despacho de combustible también afectan al sector agropecuario del país. Chacín explicó: “El productor tiene que pagar tres dólares por un litro de gasolina, lo que representa 210 dólares para llenar un tanque. Surtir apenas 70 litros equivale a media res, por lo que es imposible sostener las estructuras de costos de la carne y es el ciudadano quien, finalmente, se queda sin capacidad de compra”.

En el país no hay desabastecimiento -explica- porque no hay poder adquisitivo, pero si mañana esto cambiara, lo poco que hay en los anaqueles desaparece. Chacín enfatizó: “Nosotros no estamos llenando los requerimientos básicos que dice la FAO; eso es falso, aquí en Venezuela no se produce lo que consume cada uno de los venezolanos. Va a ser difícil tener números positivos a corto plazo, si no se terminan de tomar correctivos en relación con el combustible”.

Según Fedenaga, la capacidad de producción de ganado en Venezuela mermó 50 % en los últimos 20 años, entre otras cosas, por fallas en el suministro de combustible que se ha agudizado en los últimos 10 años. En el caso de los productores agropecuarios del país, el 75 % no ha recibido combustible durante 2021.

“No es fácil producir en Venezuela en las condiciones que tenemos. Lamentablemente nos hemos quedado en cuatro bancos y no tenemos con qué prender nuestra maquinaria, equipos de riego y refrigeración que hacen falta para hacer las labores estructurales del campo. Creemos que se le está haciendo un gran daño a la producción del país, sobre todo a la agrícola y a la pecuaria y a futuro lo vamos a lamentar porque pasa factura el año siguiente”, sentencia Chacín.

Precisó que este año el sector agrícola ha tenido muy poco acceso a combustible, “a pesar de que cada uno de los productores agropecuarios tiene un cupo asignado por el Ministerio de Energía y Minas, pero no se cumple”. Reclama que pese a esto “en el mercado negro hay combustible del que quieras, a precios muy por encima de los mecados internacionales”.

Chacín resaltó que los productores se las ingenian en el campo para poder producir y llevar los alimentos a las principales ciudades. “Unimos esfuerzos para hacer un solo viaje entre varios ganaderos y la mayoría se ha dedicado a hacer queso artesanal para no perder la producción de leche, porque no hay gasolina para encender las unidades de enfriamiento. Hay que recordar que el sistema eléctrico en las zonas pecuarias es sumamente deficiente”.

Por su parte, Ezio Angelini, presidente de Fedecámaras Zulia, calificó la falta de combustible como “un crimen de lesa humanidad. Vemos cómo la gente no tiene cómo ir al hospital y si esto no se soluciona, la gente tampoco va a poder pagar el precio de los alimentos. El poder adquisitivo bajó, tenemos un problema grave de consumo”.

El vocero de la organización empresarial asegura que el sector productivo del país necesita alrededor de 150 mil barriles de gasolina diarios, de acuerdo con las estimaciones más recientes de la Cámara Petrolera.

“Prácticamente, necesitamos un barco diario para Venezuela”, calcula Angelini.

Una agonía sin fin

Las colas en las estaciones de servicio del estado Zulia continúan debido a las fallas en el suministro de combustible. Los ciudadanos, en general, pernoctan por días en filas que se extienden por más de 20 kilómetros a la espera del despacho. Los sectores priorizados también deben pasar por este proceso que retrasa el despacho de alimentos, medicinas y artículos de primera necesidad en la región.

Según el artículo 11 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, se reconoce el derecho de toda persona a un nivel de vida adecuado para sí y su familia, incluso alimentación, vestido y vivienda adecuados, y a una “mejora continua de las condiciones de existencia».

Este mandato no se refleja en la vida de las personas que habitan en la región petrolera del occidente venezolano. La situación de la escasez de combustible afecta aún más a los pacientes renales y oncológicos ante la nula posibilidad de resolver su traslado para cumplir tratamientos y consultas médicas, por lo que caminar se ha convertido en la única manera de hacerle frente a su enfermedad. “Es una carga muy pesada para nuestras familias y para nosotros mismos”.

Por eso, el hermano de Pedro, paciente renal, lamenta: “Me parte el corazón ver a mi hermano pasar por toda esta desidia, por eso yo saco fuerzas de donde no tengo para ayudarlo, pero sé que no hay ninguna posibilidad de que nuestra situación mejore. Lo peor es que casos como éste sobran y es doloroso”.

–Es una lotería, dice Pedro.

Este es el segundo de cinco reportajes que comprenden Rostros de la Emergencia, un seriado de crónicas promovido por Codhez y presentando en alianza con El Pitazo, para visibilizar historias que merecen ser contadas en el contexto de la emergencia humanitaria compleja en Venezuela.

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