Cuentos de cuarentena –35–

Durante este encierro eterno me he dedicado a limpiar, arreglar clósets, vaciar la nevera, volverla a llenar: me levanto cada día un poco sin norte, sin planes, sin diligencias, aunque muy pendiente de todas las noticias de esta pandemia ilógica. Pero siempre pasa algo que te mueve el mundo o lo hace girar, literalmente

En la casa vivimos mis dos hijos, mi mama de 83 años de edad y yo. A mi mamá la estoy cuidando con esmero en estos tiempos de contagio.

Un día le digo: “Mamá, cómete esta tortica que encontré”. De forma inesperada, todo empieza a darme vueltas, me agarro de la esquina de la mesa, ¡mierda! Pienso: “Tengo vértigo, seguro que es laberintitis, como el da a mi prima. Con dificultad camino a la sala donde mi mamá está sentada. Antes de que pueda contarle sobre mi mareo, me dice que se siente un poco rara, pero bien: solo mareada, pero bien. Me asusto. Creo que ambas tenemos Covid-19.

Las vueltas a todo se intensifican cada vez más, me siento peor. Mi cuñada, viéndome tan incómoda y nerviosa, nos da Viajesan. “Estas pastillas son buenísimas para el vértigo. Métanse dos de un solo golpe”, nos dice. Empezamos a pensar en las causas: ¿Intoxicación? Pero si no hemos comido nada fuera de lo común. No tenemos fiebre, ni tos, solo mareo, siento que vuelo, me voy y regreso. Mi mamá tampoco se siente normal.

Estoy cada vez más nerviosa y decido que mejor nos vamos a la clínica. Busco un suéter y nos llevan. Mi cuñada y mi hijo mayor van preocupados. Yo me quejo y me quejo. Me siento horrible. “¡Emergencia!”.

–¿Qué sienten?, pregunta el médico.

–Es todo muy raro, las cosas se mueven y no enfoco. Por ejemplo, del suéter negro de mi hijo salen puntos negros flotando, respondo.

Mi mamá me contradice:

–No son puntos, son cubos negros en tercera dimensión, se ríe.

Yo, cada vez más nerviosa. La sala perdía dimensiones, todo se veía irreal. Mi mamá más tranquila, incluso relajada. Teníamos algo por la vena, definitivamente nos estaban tratando, pero mis síntomas persistían, tenía alucinaciones.

Mi hijo mayor sale a la calle donde está el menor, a quien no han dejado entrar por las medidas de prevención del Covid-19. Afuera espera ansioso por noticias. El mayor le cuenta las loqueteras que digo, está preocupado, con impotencia porque no hay diagnóstico.

Mi hijo menor hace un silencio sepulcral. Finalmente, hasta con alivio, responde: “Entra y pregúntale a mamá y a la abuela si se comieron unos ‘brownies’ que yo tenía escondidos en el fondo del freezer”.

Después de 4 horas y 1.000 dólares en clínica volvimos a la casa, de nuevo encuarentenadas.

ANÓNIMO


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