Cuentos de cuarentena –34–

Mi vecino del 5to es un septuagenario solitario que usa el tapabocas como bufanda. Es tan distraído que perdió a su familia sin percatarse. No pudo viajar cuando quiso y casi enloquece. Es por la diáspora, resignado, se dijo. Simpática palabra que identifica al éxodo que empujado por el hambre. La gente huye del monstruo, de un mal sueño, pero la pesadilla no acaba. Así que, los que se van, sufren tanta roncha que pareciera lechina y, a los que se quedan, la piel no les da para una piquiña más.

El día de fin de año se supo que un virus muy agresivo surgía desde la China. Entonces se armó el despelote. Sin autoridad de respaldo, la OMS perdió el control que no tenía y cada uno resolvió a su manera. La diversidad humana nunca ha sido tan homogénea.

Dijeron que era “pandemia” y escucharon que era el “pan de Mía”. Ordenaron cuarentena y la gente se fue a la playa. Indicaron restricciones y tomaron vacaciones. Además, prohibieron Ibuprofeno y ahora dicen que es el único freno. Qué loca está la gente: escuchan lo que no es o lo entienden al revés.

Con la cuarentena mi vecino septuagenario pareció extraviar su saldo de cordura. Decía que los días perdieron su nombre y que el domingo se había hecho igual que otro día cualquiera. Ahora dice que el futuro no existe, porque se ha hecho presente, sin aviso, y de repente.

Lo último: me enteré de que mi vecino está preso. En busca de remedio para la soledad, le paró una alcabala. Por no llevar guantes y salvoconducto, el oficial que le tocó le puso a escoger: divisas o vas preso. La decisión fue fácil: dinero no tenía nada y, con lo otro, ya estaba habituado al encierro. Al menos, en condición de prisionero, seguro tendrá una compañía que le preste atención.

UIS A. BONILLA PARRA


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