Cuentos de cuarentena –17–

Lo miró a los ojos y notó más arrugas. La sequedad de su piel delataba años de descuido y de trabajo duro, pero las manos seguían suaves y perfectas como en su adolescencia. Meses antes ella estaba dispuesta a dejarlo: ya sus hijos estaban grandes y lejos para entender y sospechaba que, al menos la mayor, estaría de acuerdo porque en una ocasión se atrevió a juzgar su dinámica de pareja. Pero como siempre la vida le volteó los planes, la encerró en cuatro paredes con quien debía ser ya su pasado y tocó guardar su proyecto bajo llave.

En los primeros 30 días hubo paz. El estrés se fugaba por momentos de la casa y tuvieron tiempo de mirarse nuevamente. Él se sorprendió de lo poco que hacía falta y ella de la tranquilidad que ahora lo acompañaba a todas partes, como si estuviese en constante revisión de sí mismo por primera vez en tantos años, en los que lo único que no sobraba era tiempo. Una noche la invitó a sentarse en el patio, le sirvió una copa y admiraron el silencio.

–¿Me vas a dejar, verdad?, le preguntó él después de una pausa larga. Un mes fue suficiente para entenderlo todo, para verlo todo, para hacer cuentas, revisar ausencias, evaluar daños.

–Sí, respondió ella suavemente, con la cabeza alta y mirando al infinito. Y allí permanecieron por largo rato, en silencio, desperdiciando el tiempo por primera vez en años y diluyendo el pasado en vino tinto.

ADRIANA PÉREZ MANZANO
– Venezuela –


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