Cuentos de cuarentena –1–

Me gusta llegar, no me gusta irme, pero me he ido muchas veces. Me fui del vientre de mi madre, si se puede decir así. Me fui de la niebla de las primeras semanas el día que fijé la vista en algo o en alguien y observé. Me fui de la muerte cuando a los diecisiete meses de nacido me dio meningitis viral, pensaban que me moría y no me morí. Me fui a otro mundo –a la imaginación, a la magia– cuando estaba en el colegio, que en realidad nunca me gustó porque siempre sentí que le faltaba encanto y sueño. Durante la universidad me fui de las clases de Teoría de la comunicación y me dediqué a leer novelas, que son, incluso las malas y las muy malas, mil millones de veces más verdaderas que todas las teorías de la comunicación juntas. Me fui de la casa de mis padres y luego me fui de casa en casa hasta encontrar una casa de donde poder volver a irme. He vivido yéndome. Como todos, como tú. Y sin embargo, cómo cuesta. Cómo cuesta decir adiós y cerrar bien la puerta y no solo ponerse a andar sino en verdad marcharse. Irse lo que se llama irse, entero, con la sobriedad de un roble, sin hacer nada que le haga ver al otro que “hay algo ridículo en las emociones de la gente que uno ha dejado de amar”, como escribió Oscar Wilde, que se fue a morir a París, empobrecido pero franco hasta los huesos, después de haber dado todo a precio de esperanza. También hay cuarentenas para las amenazas del corazón.

DIEGO ARROYO GIL
–Venezuela


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