Cuentos de cuarentena –37–

Hago la cola en la farmacia con la separación reglamentaria a la que obliga este tiempo de temor. Somos una fila de personas alejadas con los rostros encubiertos. Puros ojos que observan el mundo desde un mínimo balcón de tela, igualados en la inquietud que, hasta hace poco, era apenas una certidumbre: todos vamos a morir. La pandemia no ha hecho sino acentuar esa conciencia arquetípica, dotarla de una angustia recurrente. Pero, además, le ha añadido otra aprensión, ya menos habitual, a nuestra vida: el riesgo de causar la muerte a otros. Pensarse como víctima y victimario en potencia encuentra su correlato visual en esa figura enmascarada, entre profiláctica y delictiva, que adquirimos al usar el barbijo. La mascarilla es, a un tiempo, signo de protección y advertencia: no te me acerques porque me puedo morir o te puedo matar. Un cautiverio portátil que llevamos atado al rostro como señal de que nos preocupan nuestra vida y la ajena, ambas susceptibles de hospedar al fatal inquilino. La imagen paradójica de este accesorio, donde se entretejen la enfermedad y la salud, la muerte y la salvación, queda incluso patente en la tercera acepción que la RAE le asigna a la palabra barbijo: herida en la cara. Más que una definición, un símbolo de estos días inciertos en que dar la cara resulta una temeridad de doble filo. Hoy, cuando la libertad del cuerpo se halla aún bajo sospecha, no queda sino seguir contemplando, pacientes y recelosos, la cara herida del mundo, mientras llegue la hora de mostrar las cicatrices.

LUIS YSLAS PRADO


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